“Robert Cohn fue campeón de boxeo de peso medio de la universidad de Princeton. No se crea que esto me impresiona gran cosa, como título deportivo, aunque significó mucho para Cohn. No le interesaba nada el boxeo —de hecho, le tenía aversión—, pero lo aprendió penosa y cuidadosamente para contrarrestar el sentimiento de inferioridad, timidez y recato que había experimentado al ser tratado en Princeton como judío.
En Flandes, en 1547, Teofrastus, me lo explicó todo. “Nos dieron la diversidad del mundo”, me dijo, “pero nosotros sólo queremos el oro. Tu encontraste un tesoro, una selva infinita, y sentiste infinita decepción, porque querías que esa selva de miles de apariencia, que solo en ella no fuera más que leñosos troncos de canela de Arabia. Anda, dile al designio que hizo brotar miríada de bestias que tú no quieres ver más tigres”. Así comienza la segunda novela de la trilogía de guerras, viajes y amores del escritor colombiano William Ospina , El país de la canela, Hace unas semanas comenté en esta columna la primera de esas obras, Ursúa.
¿Estamos al borde de una nueva edad oscura de irracionalismo y superstición? En este libro conmovedor, escrito hace 30 años, pero muy vigente, Carl Sagan demuestra con brillantez que el pensamiento científico es necesario para salvaguardar nuestras instituciones democráticas y nuestra civilización técnica. El mundo y sus demonios es el libro más personal de Sagan, y está lleno de historias humanas entrañables y reveladoras.
Los libreros y los espacios callejeros para venta de libros guardan muchas sorpresas para quienes gustan de la literatura. Hace poco encontré un libro de un escritor por el que tengo un cariño especial, comencé mis lecturas siendo niño con él.
“Cincuenta años de vida en estas tierras llenaron mi cabeza de historias. Yo podría contar cada noche del resto de mi vida una historia distinta, y no habré terminado cuando suene la hora de mi muerte.
Hace unos meses comencé a participar en un club de lectura, donde mensualmente nos reunimos a discutir sobre dos de los libros seleccionados. Se conoce a autores y obras en un ambiente distendido y de camaradería. Este mes uno de los libros a leer fue: Viaje al interior de una gota de sangre del escritor colombiano Daniel Ferreira.
“Estaba amarrada con correas de cuero en una estrecha litera de estructura de acero. El correaje le oprimía el tórax. Se hallaba boca arriba. Tenía las manos esposadas a la altura de los muslos.”
“En este preciso momento, mientras te sientas, te relajas y te dispones a leer este libro, te estás moviendo a una velocidad increíble. La Tierra gira sobre su eje, transportándonos a través de la inexorable marcha del tiempo de un día para otro; y al mismo tiempo órbita alrededor del Sol, desplazándose a través de los cambios de las estaciones”.
Hemos llegado sin sentir a los helados dominios de Vejecia, a ese invierno de la vida sin retorno vernal, con sus honores y horrores, según decía Gracián. El tiempo empuja tan solapadamente con el fluir sempiterno de los días, que apenas reparamos en que, distanciados de los contemporáneos, nos encontramos solos en plena supervivencia.
“Durante muchos años afirmé que podía recordar cosas que había visto en el instante de mi nacimiento. Cuando decía eso, los mayores, al principio, se reían; pero luego se preguntaban si intentaba burlarme de ellos, y miraban con desagrado la pálida cara de aquel niño tan poco infantil.
Su larga carrera le había enseñado que no había asesinos, sino personas que cometen asesinatos”. Kurt Wallander
“Se había convertido en un acontecimiento anual. Hoy el destinatario de la flor cumplía ochenta y dos años. Al llegar el paquete, lo abrió y le quitó el papel de regalo. Acto seguido, cogió el teléfono y marcó el número de un ex comisario de la policía criminal que, tras jubilarse, se había ido a vivir a orillas del lago Siljan. Los dos hombres no sólo tenían la misma edad, sino que habían nacido el mismo día, lo cual, teniendo en cuenta las circunstancias, sólo podía considerarse una ironía.
Comenta el dicho popular que, en Cuba, el que no tiene de Congo, tiene de carabalí. En el ajiaco de la nacionalidad los pueblos africanos son un ingrediente primordial, pero poco sabemos de esa, nuestra otra madre tierra.
“Un álbum de fotos bajo el brazo era todo su equipaje, Ana Manso aceptó el ofrecimiento, se aferró al brazo de aquel hombre como al último salvavidas del Titanic y subió a sus quince primaveras. Sobre una rastra, detenida por unos minutos al borde de la carretera, fue donde ofreció su primera caricia oral a la entrepierna de un camionero. Quizá por eso su obsesión con los perfumes, porque el olor desabrido de la simiente del hombre quedaría impreso para siempre en su larguísima y fina nariz.”
La Habana, la Ciudad de las Columnas, para Alejo Carpentier; la Ciudad de las Sábanas Blancas, para Gerardo Alfonso; la Capital de Todos los Cubanos, para el habla oficial; y Ciudad Maravillosa, según una encuesta popular realizada por la Unesco, es la urbe en la que viven casi dos millones de personas en 726 kilómetros cuadrados. Sobre esta ciudad trata el libro que traigo hoy a la columna, “La Habana. Ciudad Antigua” de Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad, publicada por la Editorial Letras Cubanas en 1988.
“Fue el 15 de junio de 1767 cuando Cósimo Piovasco de Rondó, mi hermano, se sentó por última vez entre nosotros. Lo recuerdo como si fuera hoy. Estábamos en el comedor de nuestra villa de Ombrosa, las ventanas enmarcaban las espesas ramas de la gran encima del parque.
Yo, Sinuhé, hijo de Senmut y de su esposa Kipa, he escrito este libro. No para cantar las alabanzas de los dioses del país de Kemi, porque estoy cansado de los dioses. No para alabar a los faraones, porque estoy cansado de sus actos.
Los seguidores habituales de esta columna se habrán percatado de mi gusto por las novelas históricas, es realmente un género literario que sigo con devoción. Hoy comentaré la obra, “Un día de cólera”, del escritor español Arturo Pérez-Reverte, publicada en el año 2007 por la editorial Alfaguara, y que describe los acontecimientos del dos de mayo de 1808 y los fusilamientos de esa misma noche.
“Si algo lo irritaba sobremanera, si algo lo predisponía a la violencia y el homicidio, era que se intentara hacerle creer cosas. ¡Ah! Su entorno se teñía entonces de rojo, rojo fuego, rojo hierro, llamaradas vibrantes y Moisés en el centro, enloquecido con cuernos y cola, una sierpe, un basilisco, un dragón, el diablo en el infierno.
Hace pocos días llamó mi atención la portada de un pequeño libro por su diseño; Carta del fin del mundo del escritor español José Manuel Fajardo. Ese detalle bastó para que comenzará su lectura, y es la propuesta que traigo esta semana a la columna.
Hace pocos días la televisión cubana programó la película Perfume, basada en la novela histórica homónima del escritor alemán Patrick Süskind. Ese hecho dio pie a que la reseña de esta semana la dedicara a esa novela. Esa obra conmovió al mundo editorial al ser publicada a mediados de la década de los 80.