Carlos del Porto Blanco
Los libreros y los espacios callejeros para venta de libros guardan muchas sorpresas para quienes gustan de la literatura. Hace poco encontré un libro de un escritor por el que tengo un cariño especial, comencé mis lecturas siendo niño con él. Me refiero al francés Julio Verne. El texto en cuestión es El viejo Adam, escrito poco antes de que Verne muriera en 1905 y publicada en 1910. Esta obra forma parte de una antología de relatos breves. Esta pequeña novela cierra el ciclo de Les Voyages Extaordinaires con un tono muy diferente al de sus inicios con Cinco semanas en globo, publicada en 1863. Como habrá adivinado, a esta noveleta dedicaré la columna de hoy.
Más vale ponerse desde luego en lo peor -contestó el ingeniero-; así se reserva uno la sorpresa de lo mejor. La isla misteriosa. Julio Verne.
El novelista francés Julio Verne (Nantes, Francia, 1828-Amiens, Francia 1905) es considerado el padre de la novela científica. Estudió derecho en París, pero sintió poco apego por la abogacía y mucho por las letras. A partir de 1848 se dedicó a la producción teatral, género en que dio a conocer, dos operetas, (en colaboración con Michael Carré), ninguna de las cuales le granjeó mucha notoriedad. Sin embargo, para entonces ya había dado sus primeros pasos en la novelística con la publicación en la revista Le Musée des Families de diversos relatos de viajes imaginarios y otros de carácter fantástico.
La primera de una larga serie de narraciones encaminadas a despertar el interés popular por los logros de la ciencia sería Cinco semanas en globo, obra publicada en 1863, en el Magazin d´ Éducation et de Recréation. Tal fue la acogida dispensada a la obra, que su autor se vio, de la noche a la mañana, convertido en hombre famoso. A ese primer éxito siguieron otros no menos importantes como Viaje al centro de la Tierra (1864), De la Tierra a la Luna (1865), La isla misteriosa (1872), La vuelta al mundo en ochenta días (1873), Miguel Strogoff (1876), Veinte mil leguas de viaje submarino, los hijos del capitán Grant, entre otras obras.
El periodo final de la vida del escritor se caracterizó por la duda, la falta de fe en el progreso y en las capacidades humanas. Su pensamiento se va inundando del pesimismo que cobra fuerza según finaliza el siglo XIX y se inicia el XX. En su vejez, Verne abandona el entusiasmo por la tecnología y torna a una visión sustentada en la desconfianza, fruto de la cual precisamente la obra que presentó hoy. La autoría de la obra ha sido muy discutida: hoy suele considerarse que el texto conocido fue ampliamente reelaborado por el hijo de Julio Verne, Michel, a partir de materiales de su padre.
El relato trata sobre un personaje muy renombrado, el historiador-arqueólogo, Sofr, que descubre al caminar junto al mar unos documentos escritos en un idioma desconocido por él. Cuando logra leer el texto entiende que su sociedad no ha sido la primera en llegar al grado de civilización de las letras y las máquinas; sino que existió una sociedad más antigua que la historia del planeta que conoce. El eterno Adam que es el hombre, busca crecer, cambiar, mejorar, evolucionar, progresar, pero tanto progreso tiene un límite desconocido y debe serenarse y dejar que el tiempo sane heridas en el mundo, para entonces darle una nueva oportunidad.
Los documentos cuentan que después de una catástrofe que arrasa toda la tierra y la hunde en las profundidades del mar, un grupo más numeroso de personas que carecen de nada, a bordo de un navío equipado con los adelantos de la civilización, desembarca en los únicos restos de tierra firme que han quedado sobre el globo. Ese grupo de hombres no logra conquistar científicamente el nuevo continente. Al contrario, poco a poco cae en la barbarie y la humanidad debe comenzar desde cero. El hombre, impotente ante una gran catástrofe natural, impotente ante un medio adverso. No hay posibilidad de redención para el ser humano, que se convierte en esclavo de las circunstancias que no alcanza a domeñar mediante su más poderosa arma: el conocimiento.
Por ello, el historiador Sorf, tras la lectura del manuscrito encontrado, se queda reflexionando, y la voz del narrador, o del mismo autor, se mezclan en dichas reflexiones: ¿Qué había bastado para que desaparecieran para siempre la ciencia y hasta el recuerdo de esas naciones tan poderosas? Menos que nada: que un imperceptible estremecimiento recorriera la corteza del globo. Se observa en esta reflexión la vulnerabilidad, la fragilidad de nuestro mundo. El ser humano ya no está a salvo, su ciencia no puede salvarle del peligro que espera a la vuelta de la esquina. En cualquier momento todo los que creemos como seguro se puede perder por un giro del destino y el hombre tendrá que recomenzar la civilización desde la barbarie.
Esta novela se encuentra muy lejos de los primeros Voyages Extraordinaires. Aquí la naturaleza no se deja dominar por la ciencia. La naturaleza, que incluye la misma naturaleza del hombre, vence a la ciencia y a la técnica. En efecto, la obra de Verne va desde una fe sin límites en la ciencia y en las posibilidades que ésta ofrece a la especie humana hasta una profunda desconfianza, tanto en la ciencia como en la capacidad y el destino de dicha humanidad.
Quizás el autor con ese don que poseía de adelantarse a sus tiempos, pudo apreciar los tiempos que se viven, donde las tragedias se suceden a una velocidad vertiginosa, Crisis Climática, hídrica, alimentaria y otras y sobre todo la amenaza de exterminio nuclear. Pero asumamos el dicho popular que reza, “A mal tiempo, buena cara”.
El libro puede ser descargado en: https://www.elejandria.com/libro/descargar/el-eterno-adan/verne-julio/2539/6163