La Habana, Cuba. – Columna vertebral del pensamiento geopolítico de Estados Unidos, la Doctrina Monroe sigue tan vigente como hace dos siglos.

Elaborada por James Monroe y proclamada un día como hoy por John Quincy Adams, esa política hegemónica salió de la mesiánica voluntad estadounidense de mantener a América para los americanos, entendidos estos, por supuesto, como los estadounidenses.

Pretendieron, y aun pretenden, que esta es su zona de influencia natural, en la que pueden controlar mercados y materias primas. Es la idea de que el continente americano es el patio trasero de Washington, donde nada se puede mover sin contar con la Casa Blanca.

Y así pasó durante mucho tiempo, cuando el expolio contribuyó a la formación del poderío yanqui para proyectarlo en las relaciones internacionales frente al resto de las potencias.

La misma intención

Aunque la Administración Obama pregonó el fin de la Doctrina Monroe la terca realidad se ha impuesto para desmentir esa proclama.

Algunos políticos norteamericanos, e incluso altos mandos militares, no se esconden para expresar el sueño de dominación que ahora viste otros ropajes como el Tratado Interamericano de Defensa Mutua o los Tratados de Libre Comercio.

Los métodos son diferentes y más sutiles, pero la intención dominadora sigue siendo la misma, incluso más allá de las fronteras de nuestro continente. Estados Unidos sigue pensando que es el pueblo elegido para esparcir la democracia y el libre comercio, conceptos que solo admite a imagen y semejanza yanqui.

Pero los tiempos cambian y cada vez es mayor el desafío global a Washington y a la Doctrina Monroe, una evidencia de dos siglos de apetito imperial.