La Habana, Cuba. – Nada hay más socorrido que un día detrás de otro. A la larga, casi todo sale a la luz y se evidencian las motivaciones, incluso políticas.

Y así ha sido ahora cuando Estados Unidos, de una forma u otra, ha confirmado lo que todos sabían: Washington siempre ha considerado a América Latina como un patio trasero, que tiene que estar al servicio del imperio.

Hace unos días, nada menos que Donald Trump levantó el velo. Cuando me fui, Venezuela estaba a punto de colapsar. Nos hubiéramos apoderado de ella. Nos hubiéramos quedado con todo ese petróleo, dijo sin ambages el expresidente.

Esa confesión se unió a la realizada antes por la jefa del Comando Sur, Laura Richardson, quien sin sonrojo enumeró los recursos naturales que hacían importante a la región para Estados Unidos, como el agua de la Amazonía o el litio que comparten Argentina, Bolivia y Chile.

Una política desembozada

Si antes Estados Unidos tiraba la piedra, pero escondía la mano, en nuestros días el descaro ha ganado a la simulación.

Hace unos años, Washington negaba haber participado en el golpe de estado contra Salvador Allende o miraba hacia otro lado mientras las dictaduras sudamericanas arrasaban a sangre y fuego. Ahora el Departamento de Estado respalda abiertamente a Juan Guaidó o aplaude el golpe contra Evo Morales, por solo citar un par de ejemplos.

El relativo declive de la más grande potencia de la historia y el desafío de otros actores globales en América Latina, resucitó a la Doctrina Monroe con la insultante consigna de que América es para los americanos, entendidos estos como los estadounidenses.

Bajo esa premisa ya no se esconden para intentar mantener el dominio neocolonial sobre Latinoamérica, donde hoy Estados Unidos actúa sin careta.