Sabemos que entre los grandes benefactores de la humanidad está Carlos J. Finlay, de quien el 20 de agosto se cumplen 111 años de su muerte. Dio a Cuba y al mundo el gran logro médico de liberar de la fiebre amarilla.
Pero pocos conocen otra faceta de su vida igualmente brillante: la de haber sido un eminente oculista, especialidad en la que se educó con su padre y perfeccionó conocimientos en Francia, con las figuras más prominentes de la oftalmología mundial, campo en el que también hizo importantes aportes.
En el siglo XVIII, la catarata, opacificación del lente ubicado detrás de la pupila, era tratada con grandes aperturas del iris, lo cual se hacía sin suturas y conllevaba a que se abriera la herida y se perdiera la visión.
Conocedor de esas complicaciones, en 1875, Finlay presenta una novedosa técnica de la cirugía de la catarata.
Ventajosa propuesta de Finlay
Para la cirugía de la catarata, Finlay propuso pequeñas incisiones en la córnea, y con otro corte a bisel, también en la córnea, extraía el cristalino.
Este novedoso método tenía varias ventajas, entre ellas, posibilitaba mejor cicatrización, lograba bajar la presión ocular, evitaba la expulsión del contenido ocular y conseguía mejor recuperación visual. Indudablemente eran bondades que las cirugías que le antecedieron no lograban.
Durante las operaciones con la técnica que él sugería, Finlay invitaba a otros oftalmólogos a presenciarlas, pero algunos discreparon y no fue seguida ni difundida en la Isla.
Como con la fiebre amarilla, fue esta otra historia de menosprecio y falta de reconocimiento, pero hoy las nuevas tecnologías aplicadas para la extracción del cristalino opacificado recuerdan lo que propuso Finlay hace más de 150 años.