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Cuentan que en su casa en Ciudad de México, Manuel Mercado, el entrañable amigo de José Martí, solía preguntarle al despedirlo que cuándo regresaría. Y él contestaba: Yo nunca me voy.

Finalmente volvió a Cuba, a entregarle el sacrificio supremo de su vida, como un soldado más. Regresó a luchar por la independencia de la tierra amada, después de años aunando fuerzas y voluntades, convenciendo a veteranos y a jóvenes de que había llegado el momento de reiniciar la gesta emancipadora, la guerra necesaria.

Estremece comprobar que Martí no se ha ido, aunque se cumplan hoy 131 años de su caída en combate. Reconforta sentir que nos sigue acompañando con el valor inconmensurable de su pensamiento político, sociológico y literario.

Martí, Maestro, inflama corazones y es asidero permanente para generaciones de cubanos de temple, herederos de las enseñanzas de su genio político.

En nosotros

Grande es la nación capaz de engendrar a hombres imperecederos como José Martí. Cayó en combate hace 131 años y le bastó una corta e intensa vida para dejarnos en custodia una preciada obra literaria y periodística, pero sobre todo un arsenal de ideas políticas, filosóficas, éticas.

Martí supo muy pronto que los dolores de Cuba eran también los suyos. Apenas adolescente escribió el vibrante drama patriótico Abdala, y padeció los horrores del presidio y la añoranza del destierro. Lejos de su patria sufrió amarguras, precariedades y dudas.

Pero jamás flaqueó. En su pecho sólo latía el generoso juramento de librar a Cuba de las ataduras de España y frenar las apetencias imperiales de los Estados Unidos. Martí está en nosotros y sus doctrinas son cada vez más útiles, sobre todo en tiempos borrascosos.

Con la autoridad de quien lo sacrificó todo, sigue forjando conciencia.