Por: Joel García

El Complejo de Piscinas Baraguá fue escenario el pasado 29 de marzo de una gran noticia. Pocas veces se retiran en la misma fecha alumno y entrenador, pocas veces es posible aplaudir con emoción y orgullo a José Antonio Guerra y Lino Socorro.

Lejos de la plataforma que lo hizo el único cubano medallista mundial individual en este deporte, pero con la misma alegría que cuando iniciara en la EIDE Orestes Acosta, de Santiago de Cuba, José Antonio Guerra subió al podio del retiro acompañado de su madre Oneida y su esposa Cynthia.

Atrás quedaban 22 años de carrera, 146 medallas, la cima del ranking universal, y sobre todo una decencia y ética reconocida por compañeros y rivales.

Más de una sorpresa para este adiós les regalaron sus amigos. El último abrazo, cual premio predecible, fue el de su profesor Lino Socorro.

Un retiro alegre

El clavadista José Antonio Guerra reconoció minutos después de su retiro que esa ceremonia fue más difícil que la medalla mundial de plata que guarda en su casa.

“Para esa medalla trabajé, me entrené y sabía lo que podía pasar, aquí me sorprendieron completamente con todo. Las voces de amigos clavadistas  me emocionaron mucho”, confesó.

Al valorar la carga emotiva del abrazo con Lino Socorro explicó: “Ese es mi papá Lino. Son innumerables la cantidad de consejos, enseñanzas y tantas cosas que su huella en mí es enorme. No nos dijimos adiós, sino seguimos en contacto, seguimos siendo familia”.

Finalmente señaló que había sido un retiro alegre porque se había pagado la deuda no con José Antonio Guerra, sino con todos los clavadistas cubanos, con Lino, con los padres y con todos los que han tenido que ver con el desarrollo de este deporte.