Tanto por su capacidad literaria como por la hondura analítica y crítica de su pensamiento en los más diversos campos, José Martí ganó la atención y el respeto de sus seguidores y de quienes se han acercado a su obra.
En su texto Los oficios de la alabanza, publicado en el periódico Patria el tres de abril de 1892, dijo: la adulación es vil y es necesaria la alabanza.
Obsérvese la distancia que Martí establece entre ambas: a la primera, la rechaza con fuerza moral y no la confunde con la segunda, sobre la cual afirmó: la alabanza justa regocija al hombre bueno, y molesta al envidioso. Así, mientras condena totalmente la adulación, estima por necesaria la alabanza.
Sin embargo, no deja de advertir que la alabanza injusta daña a quien la recibe, y más a quien la hace. También planteó: La alabanza excesiva repugna con razón el ánimo viril.
Martí rechaza al adulador
En su discurso en el Liceo Cubano de Tampa, el 20 de septiembre de 1893, en su condición de Delegado del Partido Revolucionario Cubano, Martí dijo: Clávese la lengua del adulador popular, y cuélguese al viento como banderola de ignominia, donde sea castigado de los que adelantan ambiciones azuzando en vano la pena de los que padecen, u ocultándoles verdades esenciales de su problema, o levantándoles la ira.
Mas también rechaza Martí la imposición de la admiración cuando señala: Hay que mostrar a los hombres que se les entiende por ganar su admiración.
Sin embargo, en otra ocasión afirmó lo positiva que ella es cuando se emplea bien, con justeza: Admirar hace bien y da salud.
En otro momento plantea: la capacidad de admirar, que a derechas, no es más que la capacidad constructiva, da más frutos públicos que la de desamar.
Los bienes de la alabanza
La riqueza de la mirada martiana en torno a la alabanza no deja escapar sus varias maneras. Así nos explica en su artículo en el periódico Patria: Los que desean toda la alabanza para sí, enojan de ver repartida la alabanza entre los demás.
En ese mismo texto observa otro ángulo: La alabanza al poderoso puede ser mesurada, aun cuando el mérito del poderoso justifique el elogio extremo porque la justicia no venga a parecer solicitud.
Más adelante apunta: A quien todo el mundo alaba, se puede dejar de alabar, que de turiferarios está lleno el mundo, y no hay como tener autoridad o riqueza para que la tierra en torno se cubra de rodillas.
Y continúa planteando así el valor de la alabanza: …es obra de política y de justicia la alabanza por donde se revelan donde más se le niega, o donde menos se la sospecha, sus condiciones de carácter.