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Por Marilys Suárez Moreno

Como es habitual, cada segundo domingo de mayo se celebra el Día de las Madres, un día único en que tratamos de devolverle a nuestras madres el amor y la ternura que ellas depositan en sus hijos cada día…Y es que decir madre es pensar en nobleza, amor incondicional, eterno.

Por eso este día tiene la belleza de las flores y de lo que ellas representan. El Universo está plagado de maravillas, pero ninguna como el corazón materno. Ese que late al unisonó del de sus hijos.

Ellas simbolizan el inicio de la vida, la protección, el cuidado, la esperanza y la más infinita lealtad.

Imposible, pues, pasar por alto una fecha como la de hoy, sin rendir homenaje o merecido tributo de recordación a la mujer que nos dio la vida, cuidó y educó sin pedir retribución alguna, solo un beso, un abrazo, un “te quiero, mamá”..

Amor sin medida

El Día de la Madres es una celebración necesaria porque sirve de pretexto para hacerle llegar a cada mujer los parabienes merecidos por su maternidad perpetuada.

Y es justo, porque ellas son el pilar que sostienen nuestras vidas y aun cuando ya no estén nos siguen acompañando y su recuerdo es impulso y paliativo para continuar adelante, como querrían.

Y es que la presencia de las madres marcha a la par de sus hijos, dejando la evidencia de sus imperecederas facultades para hacerse cómplice de sus cosas y seguirlos donde quiera que vayan por largo y escarpado que sea el camino a recorrer.

Sabias e incondicionales para guiar, amar y proteger a su descendencia, el amor de madre es infinito y sus brazos los más protectores, sin importar tiempo ni edad, solo como guardianas y salvaguarda, porque su amor todo lo puede.

Protagonistas de lo cotidiano

Los brazos maternos se abren al consuelo necesario, a la frase de aliento o la felicitación. Brindan fortaleza aunque estén desgarradas por dentro.

Por eso cuando somos niños creemos que mamá es nuestra princesa, el único ser capaz de llenarnos la vida con su magia incansable. Y ciertamente, nadie como las madres para entregarnos el más puro e inmenso de los amores, ese que capea tempestades y empapa con el roció de su presencia única y mitigadora…

Ecuánime, dulce, sabia, pero solida en sus exigencias y férrea en la adversidad, mamá nunca pide nada a cambio, solo el respeto y el amor de su descendencia.

Y se crecen y hacen malabares con tal de que sus hijos no sientan las carencias y complejidades del día a día, porque ellas son las verdaderas protagonistas de lo cotidiano, de los miedos y los aciertos.