Artemisa, Cuba. Hay algo singular en el ADN de los jóvenes cubanos en eso de ponerle el pecho a los problemas, de no flaquear, de buscar una salida, aunque en ocasiones los inconvenientes superen las soluciones.

En Artemisa, paraje de rojas y fértiles tierras, la producción de alimentos agrícolas debería ser cosa fácil, pero no es así, pues allí, como en toda Cuba, los productores se enfrentan a carencias y obstáculos que los obligan a repensar las alternativas.

En esas circunstancias, jóvenes, herederos en su mayoría de la cultura agrícola de sus abuelos, aprenden a sacarle la savia a la tierra porque saben que los tiempos son duros y alimentar al pueblo es asunto serio.

Lo curioso es que muchos truncan otros proyectos de vida para dedicarse por entero a un oficio de faenas interminables y ciclos repetitivos, que muchas veces los colocan en condiciones complejas, pero altruistas.

Sangre joven en el surco

Trabajar la tierra es como otro oficio cualquiera: te levantas temprano y emprendes la jornada con el máximo de responsabilidad porque de tu esfuerzo depende la seguridad alimentaria de muchos.

Así lo considera el joven Obel Báez, campesino de Güira de Melena, uno de los polos productivos de Artemisa, provincia pródiga por la fertilidad de sus tierras con la responsabilidad de abastecer, además, a la capital cubana.

Licenciado en Meteorología, Obel bien pudo escoger vestir de traje y corbata, pero prefirió acompañar a su papá en las faenas del campo, cuestión que hacía de niño con la tutela del abuelo.

Es frecuente escuchar en sus diálogos el empleo de palabras de contenido científico, que aplica en la finca para superar los rendimientos productivos, pues este joven artemiseño valora la garantía de la formación académica, aunque por sus venas fluya sangre guajira.