Como recién recordó el primer secretario del Partido y presidente de la República, Miguel Díaz-Canel, hace un año el pueblo cubano y la Revolución desmontaron un golpe de Estado vandálico.

Aquel 11 de julio fuertes disturbios callejeros alteraron la tranquilidad social, precisamente cuando el país atravesaba momentos de máxima tensión ante el pico de la pandemia de Covid-19 y la administración estadounidense apretaba al límite las tuercas de su irracional bloqueo.

Sin escrúpulos, la maquinaria imperial -empeñada a toda costa en destruir el proceso revolucionario de Cuba- creyó llegada la hora crucial.

Y en contubernio con asalariados efímeros puso en marcha su operación político mediática, al instigar la agitación y el vandalismo que dieran al mundo la imagen de ingobernabilidad y desestabilización.

Soñaban con un estallido social de grandes proporciones. Pero terminó en un fiasco.

Planes subversivos que no cesan

Los desórdenes de hace un año, con hechos repudiables de violencia y saqueo, formaron parte de la estrategia de los ideólogos de Estados Unidos que -en componenda con la ultraderecha de origen cubano- desde hace más de 60 años alientan y financian millonarios planes subversivos contra Cuba. En las sombras, o abiertamente. Las pruebas son irrefutables.

Ciertos agoreros con ínfulas de profetas se apresuran a presagiar la reedición de las escenas del 11 de julio, ante la persistencia de la agobiante crisis económica.

Y aunque tampoco falten los que se amilanan, persiste un mayoritario sentimiento a favor de la Revolución y sus conquistas, conseguidas en las condiciones más difíciles que puedan imaginarse.

Ahí está la grandeza de un pueblo que resiste embestidas brutales y confía en sus fuerzas para revolucionarse a tono con los tiempos.