Compartir

La Habana, Cuba. – En arcaicos y peligrosos se convierten los imperios en decadencia, basta mirar los de mayor trascendencia histórico-cultural para entender que en la fase final suelen ser atroces e irresponsables, llegando, con tal de sostenerse, al genocidio.

Por estos tiempos la humanidad vuelve a detenerse frente a la decadencia de otro imperio, el norteamericano; falto de valores morales y democráticos que sustenten su continuidad, empoderado militarmente, y con los más altos niveles tecnológicos para ejercer los sutiles mecanismos de dominación y manipulación de la realidad.

El imperialismo norteamericano ha involucrado al mundo en un nuevo drama, tal vez el de mayores consecuencias antropológicas.

En el primer tercio del Antropoceno la especie humana y la naturaleza que le circundan corren el grave peligro de la desaparición, sino completa, de una buena parte.

El descalabro moral inevitable

El mundo no fue más complejo en los años del imperio Romano que lo que es hoy respecto al desarrollo del pensamiento universal contemporáneo.

Reconocen los historiadores que El Imperio Romano “alcanzaría un poder tal que, ostentado por un solo hombre, provocaría envidias, locuras, ambiciones, guerras civiles, separaciones… y su propio final. Un período que alterna la mayor gloria con la mayor oscuridad”.

Los imperios no se desmoronan de la noche a la mañana enfrentados en una conflagración bélica de indefinidas proporciones, las guerras son una variable que pueden controlar. En su egocentrismo son superpuestos por nuevas formas de pensar y de ser.

Definitivamente la mayor derrota que sufren es la decadencia del paradigma que le dio notoriedad. El descalabro les viene —como la gangrena— en el orden moral, ético y estético, en su conjunto de carácter socio-cultural.