La Habana, Cuba. – La proclamación de la República de Cuba el 20 de mayo de 1902 fue el nacimiento de una nación atada a los designios de quienes supuestamente “habían ayudado” a la Isla a zafarse del yugo español, pero solo robaron la victoria que ya estaba en manos de los mambises y se adueñaron de los destinos de la Isla.
El autoatentado al acorazado Maine fue la primera manipulación de Washington para asegurar la injerencia, humillantemente expresada en la prohibición a los combatientes cubanos comandados por Calixto García a entrar en Santiago, cuando la soldadesca española, agotada ya por el machete de los mambises, se rindió ante Estados Unidos.
Esos fueron los antecedentes de la ocupación disfrazada de soberanía republicana que vendría con el izaje de la Bandera cubana en el Palacio de los Capitanes Generales, y la entrada en vigor de una Constitución que sustituyó a las mambisas.
Patria intervenida
La Carta Magna de Guáimaro dio paso a la República cubana. Aunque en su artículo primero, la Constitución del 20 de mayo de 1902 proclama que “el pueblo de Cuba se constituye en Estado independiente y soberano”, el apéndice impuesto conocido como Enmienda Platt era francamente intervencionista.
No solo estableció la ocupación de Guantánamo para erigir la indeseada base militar que pervive sin el consentimiento de los cubanos.
Además, le dio a Estados Unidos el derecho a intervenir militarmente en la Isla y privilegió las relaciones comerciales de Cuba con el sur estadounidense, entre otras cláusulas que aseguraron el dominio de Washington sobre nuestra economía, reforzado por el Tratado de Reciprocidad Comercial de 1903.
La República nacida el 20 de mayo fue una puerta falsa que nos condujo a otra dependencia, y a la que no debiéramos regresar.