Carlos del Porto Blanco
Hemos llegado sin sentir a los helados dominios de Vejecia, a ese invierno de la vida sin retorno vernal, con sus honores y horrores, según decía Gracián. El tiempo empuja tan solapadamente con el fluir sempiterno de los días, que apenas reparamos en que, distanciados de los contemporáneos, nos encontramos solos en plena supervivencia. Porque el tiempo «corre lento al comenzar la jornada y vertiginosamente al terminarla». Así comienza el libro “El mundo visto a los ochenta años”, del científico español Santiago Ramón y Cajal, quien ganó el Premio Nobel de Medicina o Fisiología. Siempre es interesante conocer cómo piensa un hombre de ese nivel intelectual. Esa es la contribución de esta semana.
Cualquier hombre podría, si así lo deseara, ser el escultor de su propio cerebro. Santiago Ramón y Cajal.
Santiago Ramón y Cajal, nació en Petilla de Aragón, Navarra, España el 1 de mayo de 1852 y murió en Madrid, el 17 de octubre de 1934. Fue un médico y científico español especializado en histología y anatomía patológica. Compartió el Premio Nobel de Medicina en 1906 con Camillo Golgi “en reconocimiento de su trabajo sobre la estructura del sistema nervioso”.
Fue pionero en la descripción de las diez sinapsis que componen la retina. Mediante sus investigaciones sobre los mecanismos que gobiernan la morfología y los procesos conectivos de las células nerviosas, desarrolló una teoría nueva y revolucionaria que empezó a ser llamada la “doctrina de la neurona”, basada en que el tejido cerebral está compuesto por células individuales. Humanista, además de científico, está considerado como cabeza de la llamada Generación de Sabios. Es frecuentemente citado como padre de la neurociencia.
El mundo visto a los ochenta años, “Impresiones de un arteriosclerótico”, así es el subtítulo, de la obra que Cajal terminó de escribir el mismo año en que falleció, 1934, con ochenta y dos años. Fue editada, póstumamente, cinco años después. Es un libro introspectivo y reflexivo en el que Cajal, contempla la vida y sus cambios desde la perspectiva de un octogenario. En esta obra, Cajal entrelaza la biología con la filosofía, ofreciendo una visión de la vejez como un periodo de declive físico, y también como una etapa de sabiduría acumulada y de perspectiva única sobre el paso del tiempo.
La introducción nos presenta a un Cajal consciente del inexorable avance hacia la «Vejecia», término que utiliza para referirse a la vejez, y lo hace con una mezcla de aceptación y melancolía. A través de sus palabras, Cajal invita al lector a considerar la vejez no solo como una etapa final, sino como un epílogo lleno de experiencias y conocimientos, marcado por las limitaciones que el envejecimiento impone al cuerpo y a la mente.
Cajal se hace eco de las palabras de filósofos como Gracián y Schopenhauer para ilustrar el carácter engañoso del tiempo y la sorpresa con la que uno se encuentra al llegar a la vejez. A pesar de las “traiciones y eclipses de la memoria”, el yo persiste, y Cajal reflexiona sobre cómo, incluso en la senectud, el individuo se esfuerza por mantenerse activo y relevante.
El libro es también un testimonio de los desafíos que enfrenta la sociedad moderna, con su rápido avance y acumulación de conocimientos, lo que a menudo resulta abrumador para la capacidad mental humana. A principios del siglo XX, Cajal lamenta la “indigestión mental progresiva” que sufrían los jóvenes de la época, un fenómeno que atribuye a la disparidad entre la evolución cultural y las capacidades cognitivas heredadas del pasado.
Una de las tesis del texto es las “decadencias inevitables” de la vejez, con sus achaques y enfermedades, ofreciendo un análisis sincero y sin adornos de la realidad del envejecimiento. Sin embargo, también destaca los avances significativos de la humanidad, especialmente en ciencia y tecnología, rechazando la visión pesimista de autores como Spengler sobre la “Decadencia de Occidente”.
En ocasiones la narrativa de Cajal se desvía hacia temas políticos y sociales, reflejando su preocupación por los cambios radicales y los movimientos que, a su juicio, podrían amenazar la integridad de la nación. A pesar de las digresiones, Cajal se mantiene fiel a sus convicciones españolistas, demostrando una pasión que, si bien reconoce como posiblemente excesiva, es inextricable de su identidad y su amor por su patria.
El mundo visto a los ochenta años es un diálogo con la vejez desde la experiencia personal de un científico que ha dedicado su vida a la observación y el estudio. El autor ofrece una mirada al interior de su mente y su alma en el ocaso de su vida, y proporciona al lector un espejo en el que ver su propia existencia y el inevitable camino hacia la vejez con dignidad, curiosidad y una inquebrantable sed de conocimiento.
Es crítico, especialmente con el uso del lenguaje que introduce extranjerismos, galicismos inútiles, por culpa del imperio de las modas. O por el prurito simiesco de la imitación (“peste de nuestra raza”), que hace incorporar nombres extranjeros, debido a “la pueril vanidad de importar palabras nuevas”. Lo cual lleva a la pérdida de originalidad. No ve bien el uso de siglas. Muchas de aquellas quejas hoy ni se plantean por asumidas que están. Reconoce que es tarde para rectificar, pues tales abusos están demasiado divulgados. Da mucha importancia al uso del lenguaje y reclama la riqueza del lenguaje español, con dos vocablos castizos que significan cosas diferentes, aunque se parezcan: Sueño y ensueño.
Respecto a la mujer arremete contra el hecho de que se hayan dejado llevar por las modas, pero sobre todo por el snobismo. Se pintan sin que se sepa su edad y características antropológicas. Ya por entonces el papel de la mujer en la sociedad comenzó a cambiar. La mentalidad conservadora arremetió contra tales cambios que se vieron truncados durante la dictadura. Hay que leer lo que dice un sabio de entonces, para ver las dificultades de ese proceso de la mujer que tardaría medio siglo en aflorar, al menos en España. “La hembra ambiciosa ha asaltado la Universidad y los cargos técnicos y políticos; Muchas de ellas son médicas, abogadas, farmacéuticas, diputadas y con el tiempo serán juezas, ministras ¿por qué no? Y hasta académicas como reclama insistentemente. Concluye que la mujer de su época se ha dejado arrastrar por la vorágine novelera y que se han convertido en esclavas de los modistos de París.
Da consejos de comidas y de lecturas. Sobre la leche agria y el kéfir unos dicen que mejora la flora intestinal. Pero estudios posteriores lo desmienten. Exige luchar contra sustancias alimenticias nocivas. Aconseja la vida rural y moderar las pasiones. Hacer ejercicio y evitar la opulencia. Lecturas que eviten las zozobras e inquietudes, pero no incomunicarse con el ambiente social: “Con la prensa oímos la voz de nuestro tiempo y asistimos a los afanes y esperanzas de nuestros conciudadanos”. No le gusta que Quevedo y Cervantes carguen de tantas tribulaciones sin cuento a sus personajes. Este último abruma con el chaparrón de infortunios sobre el Quijote. “Los autores cuando escriben con odio o apasionamiento mezclan a la verdad el ingrediente del error”.
Concluye: “La Humanidad gira con aburrida tenacidad, como hace diez mil años, en torno a estos cuatro centros de atracción: El alimento, el amor, la holgazanería y el afán de dominio. No ha sabido inventar una pasión nueva ni un vicio inédito”.
El libro puede ser descargado en: https://valdelacalzadaciclo.wordpress.com/wp-content/uploads/2015/10/el-mundo-visto-a-los-ochenta-ac3b1os.pdf