Carlos del Porto Blanco
Bajo nuestros pies se extiende una red de vida tan compleja y crucial como cualquier bosque o arrecife de coral, aunque permanece invisible a nuestros ojos. Es el reino de las micorrizas, una alianza ancestral entre las raíces de la mayoría de las plantas terrestres y hongos especializados. Lejos de ser una simple curiosidad botánica, esta simbiosis es un pilar fundamental de la vida en la Tierra, una herramienta que la humanidad está empezando a comprender y a utilizar para enfrentar algunos de sus mayores desafíos: desde la seguridad alimentaria hasta la restauración de ecosistemas completos.
Las micorrizas son asociaciones simbióticas entre hongos y raíces de plantas que han existido desde hace más de 400 millones de años y hoy se consideran clave para la agricultura sostenible, la recuperación de suelos degradados y la reducción del uso de fertilizantes químicos. Su estudio y aplicación han cobrado especial relevancia en las últimas décadas, con avances científicos y comerciales que buscan aprovechar sus beneficios en la producción agrícola y forestal. Este será el tema de la columna de hoy.
Nada en biología tiene sentido excepto a la luz de la evolución. Theodosius Dobzhanskyta.
¿Qué son las micorrizas?
En 1885, el botánico y micólogo alemán Albert Bernhard Frank, quien acuñó? el término simbiosis y colaboro? en las primeras descripciones de los líquenes, observó bajo el microscopio una estructura inusual en las raíces de ciertos árboles: filamentos fúngicos entrelazados con los tejidos vegetales. Para describir ese hallazgo, acuñó el término micorriza (del griego mykes, hongo, y rhiza, raíz). Lo que entonces pareció una curiosidad morfológica se ha convertido, más de un siglo después, en uno de los pilares de la ecología del suelo y la agricultura sostenible.
En 1900 el francés Bernard descubrió su extrema importancia en la vida y desarrollo de las orquídeas. En 1910 comenzó a extenderse su estudio en las plantas utilizadas en agricultura y jardinería. No obstante, no fue hasta 1955, con la publicación de los primeros estudios de Mosse en Inglaterra, cuando las micorrizas dejaron de considerarse como excepciones y se aceptó su importancia y generalidad reales. En tiempos más recientes, numerosos hallazgos fósiles han permitido determinar que el origen y presencia de las micorrizas son enormemente antiguos, pues se han llegado a encontrar esporas de Glomeromycota en estratos de hasta 460 millones de años de antigüedad, pertenecientes al periodo Ordovícico.
Las formas arbusculares ya se encuentran bastante extendidas en el momento de aparición de las primeras plantas terrestres en el registro fósil, hace 400 millones de años. Esas plantas, como la especie Aglaophyton major, carecían de auténticas raíces, presentando únicamente un tallo subterráneo o rizoma del que sobresalen varios tallos aéreos. La absorción de nutrientes, por tanto, recae casi exclusivamente sobre el hongo micorrícico, por lo que se puede decir que la presencia de estos fue imprescindible para la extensión de la vida vegetal a tierra firme, tras la cual llegaron posteriormente los animales.
Hoy, la investigación en microbioma vegetal confirma que más del 80 % de las plantas terrestres dependen de asociaciones micorrícicas para completar sus ciclos vitales. Las micorrizas describen la simbiosis en la que el hongo facilita la absorción de agua y nutrientes (especialmente fósforo y nitrógeno), mientras la planta aporta azúcares y vitaminas que sintetiza mediante su metabolismo secundario, al hongo. Existen evidencias fósiles que muestran que las primeras plantas terrestres ya dependían de micorrizas hace unos 410 millones de años, lo que permitió su colonización de ambientes terrestres.
A diferencia de los patógenos, estos hongos no degradan tejidos vivos; en su lugar, establecen un intercambio regulado de recursos: la planta aporta carbohidratos derivados de la fotosíntesis, mientras el hongo extiende su red de hifas (micelio) mucho más allá del volumen explorado por las raíces, capturando agua y nutrientes inorgánicos (principalmente fósforo, nitrógeno, zinc y cobre) que transfiere al hospedador.
Durante décadas, los científicos sospecharon que los hongos ayudaron a las primeras plantas a colonizar la tierra firme, un salto evolutivo comparable a que los peces desarrollaran pulmones. Pero, ¿dónde estaba la prueba irrefutable?
La respuesta llegó en noviembre de 2025, cuando un equipo de investigación del Museo de Historia Natural de Londres, liderado por la doctora Christine Strullu-Derrien, publicó un hallazgo extraordinario en la revista New Phytologist. En las rocas del Windyfield Chert, en Escocia, Reino Unido, hallaron un fósil de 407 millones de años de antigüedad que contenía una estructura diminuta pero inconfundible: un arbúsculo.
Los arbúsculos son estructuras con forma de pequeños árboles que los hongos micorrícicos forman dentro de las células de las raíces vegetales. Son la interfaz física del intercambio comercial más antiguo del mundo: la planta ofrece azúcares (producto de la fotosíntesis) y el hongo, a cambio, le proporciona minerales y agua del suelo, especialmente fósforo. El hallazgo de un arbúsculo fosilizado es la «prueba del delito» de que esta sociedad no era ocasional o parasitaria, sino una simbiosis beneficiosa y establecida ya en los albores de la vida vegetal terrestre. Los investigadores nombraron a este hongo ancestral Rugososporomyces lavoisierae en honor a la pionera química francesa Marie-Anne Paulze de Lavoisier. Ese descubrimiento confirmó que, mucho antes de que existieran las raíces complejas, los hongos ya eran los guías turísticos de las plantas en el inhóspito mundo terrestre.
Existen varios tipos, pero las más extendidas y estudiadas son las micorrizas arbusculares, las mismas que se observaron en el fósil escocés. Esas son endomicorrizas, lo que significa que el hongo penetra en las células de la corteza de la raíz. Para entender su función, imagine el sistema radicular de una planta. Por sí solo, es eficaz, pero limitado. El hongo, en cambio, desarrolla una red de filamentos llamados hifas que se extienden mucho más allá de la «zona de influencia» de la raíz. Esa red fúngica actúa como una extensión capilar ultra delgada, llegando a poros del suelo inaccesibles para la propia planta. Esa simbiosis mejora drásticamente la absorción de agua y nutrientes como el fósforo y el nitrógeno.
Pero los beneficios van más allá de la nutrición. Las plantas micorrizadas suelen ser más resistentes a patógenos del suelo y, crucialmente, toleran mejor las situaciones de estrés hídrico. Este conocimiento científico ha trascendido los laboratorios para convertirse en una industria en auge. Si las micorrizas mejoran la absorción de nutrientes y agua, su uso como biofertilizantes podría reducir la dependencia de fertilizantes químicos y riego, dos de los mayores costes ambientales y económicos de la agricultura moderna.
Un informe de mercado de enero de 2025 proyecta un crecimiento significativo para el sector de los biofertilizantes micorrícicos, con empresas como Novozymes, Valent BioSciences y la israelí Groundwork BioAg a la cabeza. En Europa, Sumitomo Chemical y Valent BioSciences lanzaron en diciembre de 2025 una nueva gama de bioestimulantes llamada MycoApply®, diseñada para mejorar la salud del suelo y la eficiencia en el uso de recursos en cultivos como maíz, trigo y viñedos.
Los resultados en campo son prometedores. Un estudio de la Universidad de Wageningen, Países Bajos, en 2025 demostró que los campos inoculados con micorrizas aumentaron su productividad y redujeron las pérdidas de nutrientes en un 35 %. La evidencia sugiere que esas técnicas son una herramienta clave para la restauración de agroecosistemas degradados.
Pero, no todo es color de rosas, La primera gran advertencia es que la inoculación no es una solución mágica universal. El servicio ecosistémico de «retención de agua» fue el único que no mostró en estudios, una mejora significativa e incluso presentó un efecto negativo en algunos casos. Añadir hongos no siempre se traduce en una mayor capacidad de almacenar agua en el suelo.
La segunda reserva es aún más crítica. Un estudio del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA), publicado en noviembre de 2025 en la revista Mycorrhiza, analizó el efecto de añadir compost de champiñón (un abono orgánico muy común) en cultivos de trigo, solo o combinado con hongos micorrícicos. Los resultados fueron sorprendentes: el compost aumentó el rendimiento del grano en un 40%, pero redujo la colonización micorrícica de las raíces entre un 25 % y un 40 %. Peor aún, diluyó la concentración de nutrientes como el fósforo, potasio y magnesio en el grano hasta en un 10 %. En otras palabras, se obtuvieron más kilos de trigo, pero de menor calidad nutricional, justo lo contrario de lo que se buscaba.
Este hallazgo pone de manifiesto un principio fundamental de la ecología: el suelo es un sistema complejo. Añadir un elemento (incluso uno «natural» como el compost) puede tener interacciones imprevistas y, en ese caso, perjudiciales con la comunidad microbiana nativa. La Universidad de Maine advierte en un comunicado de 2023 que, para el jardinero doméstico, añadir micorrizas comerciales es probablemente inútil, ya que, si el suelo es saludable, los hongos nativos ya están haciendo el trabajo de forma óptima.
Las ventajas proporcionadas a las plantas por la micorrización son numerosas. Gracias a ella, la planta es capaz de explorar más volumen de suelo del que alcanza con sus raíces, al sumársele en esa labor las hifas del hongo; también capta con mayor facilidad ciertos elementos (fósforo, nitrógeno, calcio y potasio) y agua del suelo. La protección brindada por el hongo hace que, además, la planta sea más resistente a ciertos estreses ambientales que afectan al suelo como la salinidad, los cambios de temperatura y la acidificación del suelo derivada de la presencia de azufre, magnesio y aluminio. Por si todo eso fuera poco, algunas reacciones fisiológicas del hongo inducen a la raíz a mantenerse activa durante más tiempo que si no estuviese micorrizada.
Todo eso redunda en una mayor longevidad de la planta: de hecho, se ha comprobado que algunos árboles, como los pinos, pueden vivir más años que los pinos sin micorrizar. En otras especies, esa unión es tan estrecha que sin ella la planta no puede subsistir, como es el caso de las orquídeas. Las plantas cuyas semillas carecen de endosperma (sustancias alimenticias de reserva) dependen completamente del hongo para alimentarse y germinar posteriormente.
La infección de la raíz por el hongo se produce a partir de propágulos presentes en el suelo. Pueden ser esporas y trozos de hifas del hongo y también raíces ya micorrizadas. Con el fin de asegurar el éxito de la empresa, la siembra de la mayoría de plantas comestibles o de decoración y las repoblaciones forestales que se llevan a cabo en la actualidad acompañan las nuevas plantas y brotes con fragmentos del hongo más adecuado para establecer asociaciones micorrícicas con cada especie que se vaya a cultivar.
Los tipos principales de micorrizas son:
- Micorrizas endomicorrizas o arbusculares: Pertenecientes al filo Glomeromycota, penetran las células corticales de la raíz formando estructuras ramificadas llamadas arbuscúlos, donde ocurre el intercambio metabólico. Asociadas con la mayoría de cultivos herbáceos, pastos y especies tropicales.
- Micorrizas ectomicorrícicas: Forman un manto externo alrededor de la raíz y una red intercelular (red de Hartig) sin penetrar las células. Típicas de árboles boreales y templados (pinos, robles, hayas, eucaliptos).
Otras variantes, como las ericoides (brezos) o las orquidoides (orquídeas), ilustran la plasticidad evolutiva de esta simbiosis.
La literatura científica ha documentado múltiples funciones ecológicas y agronómicas:
- Eficiencia nutricional: Las hifas fúngicas acceden a zonas del suelo inaccesibles para las raíces, solubilizando fósforo retenido en minerales o materia orgánica.
- Tolerancia al estrés hídrico: El micelio actúa como un sistema de conducción capilar que mejora la absorción de agua durante sequías moderadas.
- Protección biótica: Las micorrizas inducen respuestas sistémicas de defensa en la planta y compiten físicamente con patógenos radiculares como Fusarium o Phytophthora.
- Estructura del suelo: En 1996, la investigadora del USDA Sara Wright identificó una glucoproteína resistente producida por hongos arbusculares: la glomalina. Esa sustancia actúa como “pegamento” biológico que estabiliza agregados del suelo, reduciendo la erosión y mejorando la infiltración de agua.
- Secuestro de carbono: Las redes micorrícicas almacenan carbono en formas sustanciales. Estimaciones recientes sugieren que las micorrizas contribuyen a retener hasta un 5 % del carbono global del suelo, un factor considerado en los informes del IPCC y la Estrategia de Suelos de la Unión Europea.
La investigación micorrícica ha avanzado por oleadas. Tras el descubrimiento de Frank (1885), el campo permaneció marginal hasta los años 1950, cuando se desarrollaron técnicas de cultivo in vitro que permitieron estudiar la simbiosis sin suelo. Un hito mediático y científico ocurrió en 1997, cuando la ecóloga forestal Suzanne Simard y su equipo publicaron en Nature evidencia de transferencia de carbono entre abetos y abedules a través de redes ectomicorrícicas compartidas. Ese trabajo popularizó la metáfora del “Wood Wide Web” y, aunque algunos mecanismos han sido matizados por estudios posteriores (como la importancia de la competencia frente a la cooperación), la existencia de redes de intercambio subterráneo está sólidamente documentada.
En las últimas dos décadas, la secuenciación masiva y la metagenómica han revelado que las comunidades micorrícicas no son entidades aisladas, sino componentes dinámicos de microbiomas complejos. Proyectos como el Global Soil Biodiversity Atlas (FAO, 2020) han cartografiado su distribución y alertado sobre su declive en sistemas agrícolas intensivos.
Las micorrizas no se “producen” en laboratorios de forma aislada; dependen de suelos vivos. Sus mayores reservas naturales se encuentran en:
- Bosques primarios y secundarios no perturbados.
- Praderas nativas y pastizales extensivos.
- Sistemas agroecológicos y de agricultura regenerativa (labranza cero, rotaciones, coberturas vegetales).
La intensificación agrícola ha reducido drásticamente su presencia. La labranza convencional fragmenta las redes de hifas; los fertilizantes fosfatados solubles suprimen la colonización (la planta “prefiere” absorber fósforo directo); y los fungicidas de amplio espectro afectan a hongos beneficiosos. La FAO estima que entre el 30 % y el 40 % de los suelos agrícolas globales presentan microbiomas degradados, con implicaciones directas en la resiliencia climática y la productividad a largo plazo.
Desde los años 1990, la industria ha desarrollado inoculantes micorrícicos comerciales para agricultura, horticultura, silvicultura y restauración ecológica. El mercado global de bioinoculantes, donde las micorrizas representan un segmento clave, superó los 600 millones de dólares en 2024 y se proyecta un crecimiento sostenido, impulsado por regulaciones europeas y norteamericanas que favorecen la reducción de insumos sintéticos.
Es importante señalar que la eficacia de los inoculantes depende de factores edáficos, especies vegetales, manejo del cultivo y compatibilidad biológica. No todos los productos cumplen con estándares de viabilidad o pureza, y organismos como la Organic Materials Review Institute (OMRI) y la Red Europea de Bioinsumos (EUBIA) han establecido criterios de certificación para garantizar calidad y trazabilidad.
Las micorrizas no son una solución mágica, sino un componente de sistemas agrícolas bien diseñados. La investigación actual se concentra en:
- Selección y caracterización genómica de cepas nativas adaptadas a climas específicos
- Integración con biofertilizantes y manejos de cobertura que favorezcan la persistencia fúngica
- Evaluación de su rol en la mitigación del cambio climático y la restauración de suelos degradados
Un desafío técnico notable es la naturaleza cenocítica (multinucleada) de los hongos arbusculares, que dificulta la aplicación de edición genética convencional. No obstante, técnicas de selección asistida por marcadores moleculares y cultivos simbióticos controlados han acelerado el desarrollo de consorcios funcionales.
La Década de la ONU para la Restauración de Ecosistemas (2021-2030) y la Estrategia de Suelos de la Unión Europea reconocen explícitamente la conservación de la biología edáfica como infraestructura crítica para la seguridad alimentaria y la adaptación climática.
Hechos y anécdotas relacionados con las micorrizas
- Década de 1990: Se consolidó la investigación aplicada en agricultura ecológica, mostrando que las micorrizas podrían reducir hasta un 30 % el uso de fertilizantes.
- 2025: La divulgación científica ha resaltado su papel en la lucha contra el cambio climático, al mejorar la captura de carbono en los suelos.
- Anecdótico: En cultivos de orquídeas, sin micorrizas específicas, las semillas no germinan, lo que demuestra la dependencia absoluta de algunas especies.
El estudio de las micorrizas obliga a cambiar la perspectiva. Debajo de los monocultivos, de los jardines urbanos y de los bosques milenarios, existe una «internet de la tierra», una red de colaboración y comercio que dicta la salud de todo el ecosistema. La ciencia demuestra, con fechas y datos concretos, que esa alianza es una herramienta poderosa para una agricultura más sostenible y resiliente al clima. Sin embargo, la misma ciencia pide cautela: no es una varita mágica, y su uso requiere un profundo conocimiento del ecosistema local para no caer en la trampa de soluciones simplistas.
El desafío para la próxima década no es solo producir más inoculantes, sino aprender a gestionar la biodiversidad del suelo como un todo. El verdadero potencial de las micorrizas no reside en un frasco comprado en una tienda, sino en la adopción de prácticas agrícolas que fomenten la salud de las comunidades microbianas autóctonas: reducir la labranza, evitar fungicidas de amplio espectro y mantener la cobertura vegetal del suelo. La lección del fósil de 407 millones de años es clara: la supervivencia y el éxito en la Tierra son, en gran medida, una historia de colaboración. Escuchar las conversaciones silenciosas que ocurren bajo nuestros pies podría ser la clave para un futuro más verde y productivo.
Referencia
- Bayón, Álvaro ¿Qué importancia tienen las micorrizas? Muy interesante https://muyinteresante.okdiario.com/naturaleza/41622.html
- Micorrhiza. 2026 abril 21. Enciclopedia Británica. Obtenido de: https://www-britannica-com.translate.goog/science/mycorrhiza#ref225860
- Micorriza. 2026 04 21. Wikipedia. Obtenido de: es.wikipedia.org/wiki/Micorriza
- Micorrizas: ¿qué son y cómo funcionan? 2026 04 21. Reforesta. Obtenido de: https://reforesta.es/micorrizas-que-son-y-como-funcionan/
- Moreno. Eduardo (presentador). 2024 mayo 26. Micorrizas. El abrazo de oso. 2024 mayo 26. Obtenido de: https://www.ivoox.com/raices-bacterias-micorrizas-botanica-ii-audios-mp3_rf_129172720_1.html