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Himno para el amor y el combate

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Como hace 150 años, el pueblo bayamés celebra con júbilo la fiesta de la nacionalidad. Fiesta de pueblo en la Plaza del Himno.

Forjado en la pelea, el Himno de Bayamo, al decir de  la Doctora Graciella Pogolotti, ha acompañado a nuestro pueblo en las buenas y en las malas, en la euforia y el dolor de las pérdidas.

Agrupados en el Comité Revolucionario de Oriente, conspiraban en la histórica Bayamo, hombres como Carlos Manuel de Céspedes, Francisco Vicente Aguilera, Francisco Maceo Osorio y Pedro Figueredo, que aspiraban a una revolución libertadora. Inicialmente se reunían en la logia masónica Redención, presidida por Aguilera.

La noche del 13 de agosto de 1867, el encuentro fue en la casa de Figueredo.

 Nuestra Marsellesa

Tomada la decisión de que fuera en octubre el despertar bélico, Osorio le pidió a su amigo Perucho Figueredo: “Ahora te toca a ti, que eres músico, componer nuestra Marsellesa”.

El abogado y poeta bayamés se tomó el tiempo justo para cumplir el compromiso. “Mañana, cuando ustedes vuelvan, les dijo, los recibiré con el canto de guerra que ha de conducir nuestras huestes a la lucha y la victoria”.

Esa misma noche, Perucho, como le decían, compuso nuestro himno con aire marcial; la pieza, inicialmente llamada La Bayamesa y devenida Himno Nacional, quedó armonizada e instrumentada por el director de orquesta de Bayamo, Manuel Muñoz Cedeño.

De esta manera surgió la música que movería a los hombres al combate, reflejo de los afanes y desvelos libertarios de pueblo heroico.

Conciencia nacional

En la marcha se había llevado el espíritu de libertad y la arrogancia de romper obstáculos impedidores del triunfo, así como la disposición de los cubanos de morir por la Patria.

La Bayamesa se estrenó en la Iglesia parroquial de Bayamo, bajo la batuta de Cedeño. Dentro de la concurrencia se encontraba el Gobernador de la Ciudad, Julián Udaeta, que al oír sus acordes y percatándose de que no tenía nada de religioso, llamó a Muñoz Cedeño y luego se entrevistó con Figueredo y le hizo saber que aquella música parecía un himno patriótico.

El 20 de octubre, Perucho Figueredo y los demás jefes revolucionarios recorrían las calles de la ciudad, mientras el pueblo enardecido no dejaba de tararear la letra de la marcha guerrera devenida Himno Nacional. Sentida manifestación de la conciencia nacional. 

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