Por Roberto Hernández
En muchas ciudades del mundo es posible seguir a una persona en sus caminatas, y hasta en viajes automotores, gracias a las cámaras de vigilancia, que en su versión más edulcorada ofrecen protección a los ciudadanos.
La no muy inocente videocámara apareció mucho después que George Orwell publicara su novela 1984, hace más de 70 años, con la introducción del concepto del omnipresente y vigilante Gran Hermano.
En la obra, el Estado obliga a cumplir las leyes y normas bajo la observación del Ministerio del Amor, que vela por la realización de actividades colectivas contra todo tipo de acción individual.
Para muchos, las violaciones a los cada vez más escasos derechos de privacidad vienen precisamente de las democracias occidentales. Su surgimiento estuvo relacionado con la vigilancia de pequeños espacios como supermercados, almacenes y bancos.
Era de internet, más fácil o más difícil
Internet y otros adelantos permiten recibir y transmitir imágenes de lugares alejados del centro de control y con niveles de nitidez que harían palidecer a las abuelas de las actuales cámaras fotográficas.
Las más modernas permiten la reconfiguración de sus parámetros, además de contar con visión nocturna y detección de movimiento.
Para muchos es opresiva la presencia de esos artefactos en cada esquina, edificio, barrio, pueblo, ciudad o carretera, aunque el monitoreo de cada movimiento pueda protegernos del terrorismo, de los delincuentes, del tráfico y probablemente, hasta de nosotros mismos.
Con apoyo de la red de redes y los emplazamientos satelitales se puede observar a distancia la seguridad de centros escolares, establecimientos comerciales y hasta las viviendas. Su uso adecuado o no depende, como casi siempre, de las intenciones humanas.