Monumento a José Martí en el cementerio Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba.

La Habana, Cuba.-.  Como hijo pródigo que vuelve a la casa paterna, como quien regresa al abrazo del padre, va el Comandante en Jefe hacia Santa Ifigenia, para colocarse a la diestra del Maestro, a la sombra del progenitor que alimentó su pensamiento y echó las bases de su ideología.

El hijo, que tuvo la ocasión de realizar el sueño de justicia que los inspiraba a los dos, dobló la edad del padre, tempranamente abatido en Dos Ríos por balas enemigas, y ahora el heredero, paradójicamente, parece el progenitor.

Por el camino de Santiago avanza el que retorna, peregrino de sí mismo, sembrando una ruta de lágrimas y duelo que habremos de recorrer continuamente para no separarnos jamás de su doctrina, para jurar lealtad a sus prédicas, a las ideas que expandió desde la Plaza donde vigila el padre.

Desde allí, a los pies de Martí, su voz se tiende todavía hacia el infinito como amuleto invulnerable.

Al encuentro con el sol

Por allá, por levante, por donde emerge el sol bañado de salitre caribeño como brotaba el carro de Amón Ra del anchuroso Nilo, reaparecerá continuo para Cuba su líder perdurable.

Así como una vez consiguió que la luz desembarcara en playa Las Coloradas con el yate Granma, así amanecerá día tras días en la nave insurrecta de su verbo.

Si se lee con el corazón su trascendente definición revolucionaria, si se analiza cada principio que contiene, se verá que el autor trazó ahí el retrato consecuente de sí mismo.

Al pedirnos que juremos ser fieles a esos postulados de vida, nos induce a que seamos como él, a que en cada momento lo imitemos, como nos demandó una vez que cada uno de nosotros fuera su propio Comandante en Jefe.

Esa es la manera en que se hará verdad esta consigna que nace de sus cenizas: Yo también soy Fidel.