Dada su vocación artística, las extensas y solitarias travesías del arriero granmense Leopoldo Figueras Hernández van acompañadas de cantos y silbidos. Pero esa sonoridad tiene, por estos días, una alusión clara.
Entre trillos y resbaladizas pendientes serranas, se va escuchando la Internacional, canción oficial de los trabajadores de todo el mundo; el apasionado campesino, al tiempo que indica a sus animales detenerse o proseguir por la ruta de siempre, a viva voz interpreta estrofas de esa emblemática pieza, compuesta por el poeta francés Euyín Potié.
El montañés-cantor no es un juglar. Él lo sabe, Pero gusta de animar fiestas colectivas y celebraciones entre familiares y amigos.
Como buen arriero, evita el inclemente sol tropical y apresura las operaciones de cargas y descargas de mercadería, materias primas y hasta pequeñas mudanzas en el lomerío granmense.
Profesión imprescindible
El arriero Polo Figueras, como le conocen en la Sierra Maestra, mientras desanda hermosos parajes de las alturas tal pareciera que emula con las aves cantoras de su entorno.
“Quizás los endémicos y melodiosos ruiseñores o sinsontes pararían su trinar habitual al escucharle”, le dice en broma un repentista. Figueras Hernández, amante del arte, declama con vivacidad el enfático poema de Rubén Martínez Villena en el que invoca a “limpiar la costra tenaz del coloniaje”.
Bajo una firme algarroba niega que la modernidad aniquile el rudo, pero útil trabajo del arriero. Dice que el mulo supera al transporte automotor al mover insumos por peligrosos senderos y caminos.
Como el de los vaqueros, el oficio de arriero es solitario pero importante. Con las canturías y experiencias orales de Polo el folclor montañés se enriquece. Su sabiduría popular se lo indica.