La Habana, Cuba. – Creía el enemigo que otra acción terrorista entorpecería el avance de la Revolución Cubana, amputando la energía de su brazo armado, cercenando su fuerza militar.

La explosión en el vapor La Coubre el 4 de marzo de 1960, auspiciada por la Agenia Central de Inteligencia de Estados Unidos, figura entre los actos más abominables del imperialismo yanqui contra Cuba.

Los cuerpos destrozados  de los estibadores, los cadáveres mutilados de los socorristas que se sumaron luego, el olor de la sangre sobrepuesto a la marisma portuaria y al humo y a la pólvora, la expresión espantada de los habaneros frente a la masacre, anticiparon una sentencia que confirmaría años después lo que acontece cuando un pueblo enérgico y viril llora de rabia y de dolor por sus hermanos asesinados.

La injusticia tiembla

Todo lo ha enfrentado nuestro pueblo con dignidad: desde la invasión mercenaria hasta la amenaza de una guerra nuclear, pasando por agresiones biológicas y el cerco económico más bestial de la HistorIa.

Si aprendimos a resistir con estoicismo fue gracias a las enseñanzas del guía más convencido y convincente que haya conocido la contemporaneidad.

Él nos inculcó su convicción de victoria, poque al fin somos dueños de nuestro destino y de los destinos invariables de la nación.

Con él aprendimos que la alternativa única frente a quienes intenten arrebatarnos lo conquistado es ofrendar la vida ante el altar de la patria.  Una sola e irrenunciable es la disyuntiva que nació hace seis décadas con la explosión de La Coubre; Patria o muerte