La Habana, Cuba.- Por estos días de mayo de 1895, el Apóstol sufre de males del cuerpo y el alma. Forúnculos en las axilas y desacuerdos con Maceo y los camagüeyanos, le obligan a reposo indeseado e incertidumbres espirituales.
El Maestro escribe en su Diario de Campaña: ¿hasta qué punto será útil a mi país mi desistimiento? El más hábil político y literato cubano de su tiempo, explica que desistirá cuando llegue la hora, para tener libertad de aconsejar y poder moral, para resistir el peligro que años atrás prevé.
Sabe que la propuesta del Titán de Bronce Antonio Maceo en la reunión de La Mejorana, de que la Revolución sea liderada por una Junta de Generales y no por un Gobierno electo y unitario, perjudicará mucho a la República en armas.
Como también la afecta que los patriotas camagüeyanos sigan vacilantes para ir a pelear a la manigua redentora.
Ninguna ventaja para el enemigo
Al campamento mambí de la zona de Dos Ríos, llegan vituallas y alimentos que le han sido arrebatados a un convoy ibérico.
Esa práctica, para adquirir logísticas, la aplauden Martí y Gómez, porque el Ejército Libertador debe sobrevivir sin afectar a los nativos de los campos insurrectos.
Ordene el reparto de carne a la población, impida que las reses lleguen a las tropas españolas, le escribe el Delegado al mayor general Jesús Rabí.
En la jornada del 15 de mayo, el Apóstol es informado que el general Masó anda por la sabana y viene a encontrarse con los principales jefes de la Revolución. Pero como el yarense, es soldado experimentado, bordea el área para despistar a informantes de las tropas españolas.
Martí se emociona. Al día siguiente, el Generalísimo sale a inspeccionar la zona y visita la morada de Rosalío Pacheco, hombre fiel y puro.