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Carlos del Porto Blanco

Todo sucede en Kioto, aunque la novela evita dar mayores precisiones. La posada de las bellas durmientes es un auténtico misterio. Su fachada no exhibe letreros, ningún cartel identificador. Probablemente porque su secreto no lo permite. Los ancianos van a pasar la noche con muchachas jóvenes y vírgenes, dormidas bajo los efectos de un narcótico potente. De eso trata la novela corta «La casa de las bellas durmientes» del escritor japonés Yasunari Kawabata, publicada por la Editorial Arte y Literatura. Esta es la obra escogida para la columna de esta semana.

Supongo que, en una mujer, hasta el odio es una forma del amor. Yasunari Kawabata

El escritor japonés Yasunari Kawabata, nació en Osaka, Japón, el 11 de junio de 1899 y murió en Zushi, Japón, el 16 de abril de 1972. Es uno de los más destacados autores nipones del siglo XX, como Ry?nosuke Akutagawa, Jun’ichir? Tanizaki, Osamu Dazai o Yukio Mishima, de quien fue amigo y mentor. Kawabata fue el primer japonés que obtuvo el Premio Nobel de Literatura, en 1968 y el segundo asiático tras Rabindranath Tagore. Kawabata vivió en una época de esplendor. La literatura japonesa de la primera mitad del siglo XX representa un momento interesante. El escritor opera como faro de su generación, señalando autores y libros valiosos que, de otro modo, habrían pasado inadvertidos. Se suicidó a los setenta y dos años. Así como durante la infancia debió sobrellevar la muerte de sus parientes más cercanos, de adulto le tocó despedir a varios escritores amigos, como Riichi Yokomitsu, Rintar? Takeda o Kensaku Shimaki.

A Kawabata se le considera un maestro en la creación de atmósferas y emociones. Su lenguaje cargado de lirismo y pleno de ensoñación, y la extraordinaria sensibilidad de su obra constituyeron la vía natural por la cual fluye la idiosincrasia japonesa. Entre sus obras se encuentran: La bailarina de Izu (1926) , País de nieve (1937), Mil grullas (1951), El sonido de la montaña (1954), El lago (1955), Kioto (1962) y Lo bello y lo triste (1965). Cultivó además el ensayo y la crítica literaria. Obtuvo en 1959 la Medalla Goethe en la ciudad alemana de Frankfurt.

La noveleta comienza de la siguiente forma, “No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la muchacha dormida ni intentar nada parecido.

Existía esta habitación, de unos cuatro metros cuadrados, y la habitación contigua, pero al parecer no había más habitaciones en el piso superior; y como la planta baja resultaba demasiado reducida para alojar huéspedes, el lugar apenas podía llamarse una posada. Probablemente porque su secreto no lo permitía, el portal no ostentaba ningún letrero. Todo era silencio. Tras serle franqueado el portal cerrado con llave, el viejo Eguchi sólo había visto a la mujer con quien ahora estaba hablando. Era su primera visita. Ignoraba si se trataba de la propietaria o de una criada. Era mejor no hacer preguntas”.

La obra fue publicada por entregas en la revista Shincho, entre enero de 1960 y noviembre de 1961. Los diecisiete episodios originales se transformaron en cinco capítulos cuando alcanzó la forma de libro en 1961. La estructura es sólida y discurre con la lógica irreprochable de la naturaleza: un capítulo por cada una de las noches que Eguchi visita la casa y comparte la cama con la belleza. Una experiencia cercana a dormir con un Buda secreto. Lo que Eguchi aprende pronto, en su primera visita a la posada, es que no se debe hacer preguntas. Cada pregunta que Eguchi calla es una duda que Kawabata deja resonando en la cabeza del lector.

Motivado por un anciano amigo, Eguchi acude a la extraña y misteriosa casa de las muchachas dormidas, sus sucesivas visitas a ese lugar le harán evocar -y de cierta forma volver a vivir- momentos significativos de su vida. Las sensaciones lo transportan al mundo de los recuerdos, le insufla aliento, escarban en los deseos, y en medio de esto, descubre el secreto íntimo de la casa: la virginidad intacta de las “bellas durmientes” no puede ser sino el símbolo de la decrepitud de los ancianos. La verdadera dimensión de su existencia se le da entonces como una realidad irrevocable. El transita por el camino de la senectud, quizás ya ha avanzado demasiado…

La obra cuenta con un inventario de símbolos y referencias que ocultan algo: lo perverso. La metáfora de lo circular establece vínculos con la vida de Eguchi y sus abstracciones en el sexo, la muerte y el amor: cada bella durmiente provoca la rememoración de una mujer del pasado, de la juventud perdida y el amor marchito. Él no conocerá el nombre de ellas, no sabrá cuál es el matiz de su voz y por ello implora su despertar, puesto que no soporta las desventuras del silencio, del anonimato y la nada: Había llegado a un punto en el que el anciano no podía soportar el hecho de que la muchacha durmiera, no hablara, no conociera su rostro y su voz, de que no supiera nada de lo que estaba ocurriendo ni conociera a Eguchi.

La casa de las bellas durmientes es un texto muy corto, que se lee de una sentada, pero valioso, no solo por haber sido escrita por alguien merecedor del Premio Nobel de Literatura, sino porque nos acerca a otra cosmovisión del mundo, tan lejana para las personas de la cultura “occidental”, el mundo del Oriente. Pero al final todos navegamos en el mismo barco.

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