La Habana, Cuba. – Las sanciones contra Cupet son el más reciente capítulo de la guerra de presiones con que Washington intenta asfixiar a Cuba, en una ilegal jugada de mala política exterior.
Algunos opinan que más que al Presidente de Estados Unidos, la saña de esta Casa Blanca contra la Isla se agradece, precisamente, a alguien con raíces en esta tierra.
Hijo de cubanos emigrantes que no poseían riquezas y, por tanto, no perdieron algo cuando el patrimonio de Cuba se puso en manos del pueblo, Marco Rubio, sin embargo, pareciera tener una inexplicable obsesión con lo que por ahí llaman un cambio de régimen en la Isla.
Muy probablemente, tales inquietudes no se deban solo a lo que en el orden personal pueda sentir el Secretario de Estado, sino a su compromiso con la claque a la que debe su ascenso político en Florida, y a su no confesado deseo de volver a aspirar a la presidencia en 2028.
Mal consejero
No pocos analistas son conscientes de que la recrudecida hostilidad de esta administración estadounidense contra Cuba pudiera hacerle al Presidente republicano más mal, que bien.
Sobre todo, si se deslindase por una incursión armada, que muchos saben empantanaría a Washington mientras que, en el plano doméstico, representaría un golpe político que se sumaría a la mala opinión de la mayoría de los ciudadanos estadounidenses sobre su gestión.
Esa desaprobación alcanzó al 57% cuando una reciente encuesta preguntó acerca de una acción militar contra la Isla, frente a solo un 23% que la respaldaba.
Mientras a 90 millas de aquí, la Casa Blanca se arroga el derecho de decidir nuestros destinos, Cuba resiste asumiendo transformaciones económicas y sociales atemperadas a estos tiempos que nos permitan seguir adelante.