La Habana, Cuba. – Ciudad de México acogerá mañana otra Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), una concertación que nació como idea en Brasil y ha ido creciendo a contracorriente.

Ese grupo reúne desde hace poco más de una década a una treintena de países del área, sobre la base del respeto y la concertación, pero excluyendo a quienes tienen culturas e historias diferentes.

Para entender la trascendencia de esa formación baste recordar que Fidel Castro la calificó como el suceso institucional más importante de la región en un siglo. Y es que en América Latina no es fácil para nadie trazar un camino al margen de Estados Unidos, algo de lo que los cubanos sabemos mucho, pero también venezolanos y nicaragüenses.

Todos, de una manera u otra, hemos tenido que lidiar con la Organización de Estados Americanos, la nefasta OEA.

Contra América Latina

En los últimos sesenta años, la OEA ha jugado siempre en la cancha contraria a las naciones latinoamericanas.

Desde la vergonzosa expulsión de Cuba hasta la más reciente campaña que generó un golpe de estado en Bolivia, el bien llamado Ministerio yanqui de Colonias ha seguido los vientos que soplan desde Washington.

Especialmente sucio ha sido el mandato del renegado Luis Almagro, expulsado de las filas del izquierdista Frente Amplio de Uruguay, y hoy convertido sin pudor en caballo de batalla de Estados Unidos.

Claro que será difícil dejar fuera del juego político regional a Estados Unidos, e incluso a Canadá. Pero al menos la Cumbre de la CELAC se propone analizar la actuación de la OEA, que más tarde o más temprano tendrá que recomponerse o desaparecer. Latinoamérica lo pide y sobre todo lo necesita.