LA reelección de Lula para su cuarto mandato abre una nueva etapa para el progresismo brasileño, que tiene la oportunidad de seguir materializando el programa de corte social implementado hasta hoy, y lo que es igualmente importante: ha cerrado el paso a la segura entrada de Estados Unidos, como habría visto Brasil tras un triunfo del ultraderechista Jair Bolsonaro.
Como se había denunciado antes de las elecciones, el candidato del retroceso se negó a reconocer su derrota nada menos que por tres sólidos puntos por debajo de los obtenidos por el líder del PT, y cuestionó los resultados.
Pero estos fueron tan contundentes, y fue tan rápido y convincente el desmentido del Tribunal Supremo Electoral a sus falsas quejas, que estas cayeron en saco roto, independientemente del sólido número de líderes y personalidades internacionales que desde un primer momento ya habían adosado su felicitación a la victoria petista.
Habrá escollos.
Los 51 puntos obtenidos por Lula mostraron el éxito de la intensa campaña del PT y sus aliados entre la primera ronda y el balotaje.
En primer lugar, una defensa de la soberanía nacional reiterada por el actual gobierno de cara a las posiciones de presión implementadas por Donald Trump para favorecer a Bolsonaro, y que, todo indica, terminaron perjudicándolo, ya que mostraron sus vínculos con la injerencia estadounidense, además de una ardua labor de combate a los bulos en las redes sociales, mientras se aprobaban leyes esperadas como la derogación por el legislativo de la jornada laboral que daba solo un día de descanso a los trabajadores.
Pero el bolsonarismo se ha reforzado como oposición gracias a las gobernaciones ganadas en la primera vuelta y la mejoría de sus asientos en el Congreso, en detrimento de la izquierda. Ello indica que, pese a la victoria, este mandato de Lula y el PT no les resultará un paseo.