Las costumbres hacen las familias y las generaciones, repetía convencido el abuelo del bayamés Daniel Hernández Arias. En las noches, a la luz de faroles, los mayores recostaban sus taburetes a la pared de tablas del bohío y fumaban los tabacos que ellos mismos torcían.
Desde la distancia, los niños jugaban a componer imaginarias siluetas de objetos, animales y árboles, tras el humo expelido por cada bocanada. Fue mi temprano acercamiento al arte del tabaco y las diferentes maneras de fumarlo, refiere Hernández Arias, convertido en uno de los más eficientes campesinos del valle del Cauto.
Comenta que son rigurosas las labores para lograr que sus áreas de producción muestren óptimas hojas. Dice que adquirió de sus antepasados habilidades, conocimientos, aperos de labranza y la tierra pródiga.
Feliz, anuncia el crecimiento de los surcos y, con ellos, los cujes en las casas de curaciones.
Hacer tabacalero
Para que los catadores se extasíen con los puros habanos, deben coincidir logísticas, naturaleza y agricultura, asevera el tabacalero bayamés Daniel Hernández.
Enumera la adquisición de recursos químicos, combustibles y maquinaria, y le siguen, la riega de canteros de semilleros, plantaciones, atenciones culturales al surco, cosecha, curación y manufactura. Afirma el campesino granmense que las labores son rudas y delicadas, al mismo tiempo.
Explica que una aromática, flexible y colorida hoja se obtiene tras eficaces siembras, oportuno tratamiento al verde follaje, recolección cuidadosa, calidad del curado y el empaque en típicas yaguas de Palma Real. Entonces, se traslada hasta la industria del cigarrillo o las fábricas de torcido de tabaco.
Y para satisfacción de los fumadores aparecen las cajetillas, los mazos empapelados o las internacionalmente conocidas cajas de tabaco cubano.
Reactivación tabacalera
Allende de los mares, los conquistadores ibéricos se sorprendieron de las fumarolas de los nativos de desconocidas tierras.
Llevaron a los reinos continentales, y al sistema comercial, la adictiva hoja; el tabaco pasó de ser esencial en los rituales y bienaventuranzas de los indígenas, a costumbre social europea. Tras siglos de cultivo y elaboración, tabacos y cigarrillos se comercializan en todas las regiones del planeta.
Unos prenden un puro, otros la blanca y fina breva. Todos disfrutan con la química extraordinaria de la nicotina, portadora tanto de placeres como perjuicios de salud. Cuba es pródiga en esa rama agrícola, cuya expansión aporta notables dividendos a nobles campesinos, rentistas y vendedores internacionales.
Pocos productos naturales de América tienen tal fama. Expandir cosechas del simbólico tabaco, es necesidad y prioridad juntas.