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Obediencia si, extremismos no

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“Le digo las cosas miles de veces y como si fuera sordo”, expresa la mama de Carlitos, cansada de la desobediencia de su hijo. Su vecina es más drástica y manda a su hijo de seis años para la calle. Una y otra están erradas.

A menudo la insubordinación infantil la provoca una orden violenta e imperativa  que le interrumpe un juego favorito. Hay que saber dar órdenes con tiempo suficiente, para que el niño cambie de actividad, darlas en tono amable, aunque firme, sin gritos y muchísimo menos amenazas.

En cuanto al segundo caso, llama la atención la absoluta libertad que tiene el pequeño. Evidentemente los adultos que participan en su educación no se dan cuenta de que la vida de este niño transcurre sin mayores exigencias para él, cuando en verdad está necesitando de un modelo positivo a imitar. No es en la calle donde se forman los valores, sino en el seno del hogar.

Más que independencia, descontrol

Muchos padres se quejan de que sus hijos son desobedientes, porque tienen ciertas reacciones que no pueden considerarse como tales. Por ejemplo, si el niño se chupa el dedo, se come las uñas o se orina por la noche.

Todos estos casos no constituyen desobediencias. A veces están en juego factores más profundos, como probables trastornos del carácter que hay que enfocar con criterio de especialistas. En el mundo de hoy la obediencia a los padres está sufriendo grandes resquebrajaduras.

Una gran parte pertenece a la generación anterior que ya fue mal orientada por la antecedente. Conceptos mal dirigidos hicieron pensar que el gran acierto era dejar hacer al niño lo que le venía en gana sin recordar la máxima sabia que dice: “Hasta que los controles se desarrollan y cultivan el niño no tiene capacidad para decidir”. El exceso de independencia y descontrol lo que provoca es más indisciplina.

Corregir las fallas

Es en el cambio de los métodos de crianza y no en el castigo compulsivo donde está el remedio al desacato infantil. Es bueno admitir los errores para corregir las fallas. Vale, pues, hacer un profundo análisis de la actitud cómoda que a veces toman algunos padres ante la indisciplina, porque estas nos obligan a bastantes sacrificios y a ratos nos parece más fácil saltar sobre las reglas y dejar que cada cual haga su propia voluntad.

No, no es con ese desorden con el que se cría correctamente a una familia o se preparan los hijos para un futuro de responsabilidades. Lo correcto es organizar la vida del niño con normas justas y sensatas, para que ni la obediencia sea un martirio ni las reglas una prisión.

Sin perder de vista cierta flexibilidad y comprensión, según las circunstancias. No olvidemos que el nivel de obediencia infantil depende, en parte notable, del modo de actuar de la familia.

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