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Las Tunas, Cuba. –  Los parajes serranos tienen el verdor y la frescura del ambiente natural, donde por estos días de primavera parecen borrarse las huellas del desolador paso de Melissa, hace apenas seis meses.

Como testigo silencioso a la vista de cada amanecer está una añeja Ceiba, erguida aún, a pesar de ramas mutiladas, algunas quizás nunca perdió en sus décadas de existencia.

Por el paso del tiempo puede cargar sobre sí los 70 años en promedio de edad de su especie, o excederse; pero está cada día justo en la salida del sol ante el ajetreo mañanero de quienes salen temprano a atender los animales y a extraer frutos a la tierra.

La Ceiba es más que un árbol con atributos religiosos; es parte del entorno y de las tradiciones de pobladores de la serranía, mientras provoca la nostalgia de los que vuelven de vez en vez, apegados al latido por ese suelo.

Donde salen los primeros rayos del sol

El arraigo al espacio natal se impregna en la gente; la misma que sortea las carencias, guerrea a altos precios del transporte y los alimentos, la que, a pesar del cerco genocida del norte, produce y crea.

La identidad, las costumbres y los símbolos, como el de la añeja Ceiba, explican razones para aferrarse a un lugar donde no están los padres, ni los hijos, y de los amigos quedan pocos.

Un asidero encuentran cada día quienes plantaron raíces, abrigados por sitios de la niñez; mientras perviven en la memoria las numerosas familias, cuyo alborozo alegraba los hogares.

Sin perder los sueños de un mejor mañana, despojado de tensiones y de cuentas disparadas, de amenazas enemigas, cada quien se aferra a su espacio vital, allá en la serranía oriental por donde salen los primeros rayos de sol y todavía se escucha el pilón para la primera colada de café.

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