La Habana, Cuba. – Está el hermano mayor en el empinado zoclo, mirando cómo su pueblo persevera en el propósito de preservar el país conquistado a sangre y plomo.

Es el hermano caído que resucitó del polvo y la arena de Dos Ríos un día en mayo lluvioso y hoy en la Plaza habanera, apoyado sobre el codo, nos recuerda sabiamente que no fue en vano su arrojo.

Está alerta y alertando desde el fondo de sus ojos que él sigue mirando lejos y ve más claro y más hondo, pues leyó como ninguno en las entrañas del monstruo.

Desde la roca crecida, desde el mármol escultórico manda a cumplir para siempre su claro sueño apostólico, su anhelo plural que lleva cargado sobre los hombros, el sueño de una república con todos y para todos, el sueño que con su verbo hizo el sueño de nosotros.

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