Cuando declamaba sus poemas sobre la revolución, el proletariado y la vida, la voz de bajo de Vladimir Maiakoski tronaba reclutando atenciones y sensibilidades.

No era difícil verlo entre marinos, entre soldados, entre obreros de las fábricas, en jornadas agotadoras y sudorosas donde se forjaba el nuevo estado socialista de los soviets; su poesía era la revolución y la revolución su poesía, no hubo ningún otro que, como él, fundiera vida y obra para ponerlas al servicio de la patria.

Fue un innovador, personalidad poética más descollante de su generación, una de las figuras más relevantes de la poesía rusa de inicios del pasado siglo e iniciador del futurismo en la gran nación. Pero aquel gigante generoso, de ojos como fuego y pelo desmañado, autor de La nube en pantalones, partió por decisión propia el 14 de abril de 1930.

Poesía en las calles

Para Vladimir Maiakoski la poesía no guardaba valor si no tenía expresión en las grandes masas proletarias.

La sacudió del oropel y la llevó a las calles, al cabaret, al circo, a los amplios escenarios y a las fábricas; no quiso ser poeta aislado en torre de marfil porque amó, por sobre todo, al hombre, al futuro, a la libertad y a la poesía.

Aquel corpachón de alma sensible tuvo espacio para escribir obras de teatro, de circo y de cine, ser cronista, pintor, dibujante, dramaturgo y agudo polemista; de 1917 a 1930, registró el acontecer de la revolución soviética.

Vladimir Maiakovski tuvo una estadía breve en La Habana en julio de 1925; en sus notas destacó los cigarros cubanos, el calor insufrible y los jugos de frutas; era el hombre que en su último poema dejara aquel definitorio: “¡Sed felices!”

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