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Por Oscar Ferrer

Como todo invento humano, la hoy casi olvidada máquina de escribir tiene su historia, en su caso de tres siglos de antigüedad, pues en 1714 el ingeniero inglés Henry Mills obtuvo una patente por un aparato que él describía como uno que posibilitaba imprimir letras, pero del cual no se sabe nada más y no quedó ni un dibujo.

A partir de entonces hubo más de 50 intentos de lograr un modelo que pudiera comercializarse y muchos se registraron en Europa y Estados Unidos.

El primero que pudo concretarse fue el ideado aunadamente en 1867 por Charles Glidden, Samuel Soulé y Christopher Sholes, y que luego de seis años de tropiezos y fracasos fue mejorado y perfeccionado.

Glidden y Soulé abandonaron la idea, y Sholes se asoció a la fábrica Remington, que en 1874 produjo la máquina de escribir Remington Modelo uno.

Sustitución inevitable

La máquina de escribir no tuvo gran aceptación inicial, y en los primeros siete años solo se vendieron en el mundo 1200, hasta convertirse en instrumento de uso universal.

Se cuenta que el primer original mecanografiado de un libro enviado a imprenta fue el de Vida en el Mississippi, de Mark Twain. Con el uso generalizado de la máquina de escribir surgieron las escuelas de mecanografía, labor que dio empleo a miles de personas, en particular mujeres.

Vinieron luego las máquinas eléctricas, más rápidas y cómodas, pues requerían menos presión de los dedos sobre el teclado. La primera de ese tipo que tuvo buen éxito data de 1925, y la primera portátil apareció 10 años después.

A partir de la década de los 80 del siglo XX la máquina de escribir fue cediendo su espacio a la computadora, poseedora de inobjetables mayores posibilidades.

Llegada a Cuba

En su libro Por primera vez en Cuba, el escritor Francisco Mota narra que algunos emigrados cubanos, al finalizar la Guerra de los 10 Años, regresaron al país con máquinas de escribir, aunque, por los altos precios, no muchos pudieron darse ese lujo.

Asegura ese autor que el más antiguo documento mecanografiado que guarda el Archivo Nacional de Cuba es un informe fechado en 1887, salido de la oficina del doctor Antonio González de Mendoza, quien fue consejero de administración en La Habana.

Se sabe, además, que la primera oficina pública que tuvo una máquina de escribir en esa capital fue la de los Ferrocarriles Unidos, y que la primera mecanógrafa que trabajó en las oficinas cubanas fue la combatiente mambí Emilia de Córdova.

Casi siglo y medio tuvo de vida útil la máquina de escribir. La última se fabricó en Europa, en 2012.