Por: Pedro Pablo Rodríguez

La Habana, Cuba. – De sus 42 años de vida, José Martí solo vivió en Cuba 17 y medio, es decir, menos de la tercera parte de su existencia.

Esa residencia en la patria fue por intervalos: de niño, cerca de 5 años antes de trasladarse a Valencia con sus padres y hermanas; otros 10 años luego del regreso de aquella ciudad; un año tras el Pacto del Zanjón y, finalmente, 5 semanas y media en los campos orientales al incorporarse a la Guerra de 1895.

Sin embargo, su vida la dedicó plenamente a la patria, a la que consideró madre y esposa.

Cuba fue la figura femenina a la que de alguna manera sacrificó el amor a su madre y a su esposa, que no apoyaron su dedicación patriótica.

No es arriesgado afirmar que Martí renunció a su vida íntima por la patria, aquella otra mujer inasible que sufría bajo el yugo colonial.

La formación cubana de Martí

Aunque nacido de madre canaria y padre valenciano, Martí fue un cubano pleno en sus hábitos y costumbres.

Se crió en barrios populares habaneros junto a niños y familias de negros y mulatos libres, de inmigrantes pobres venidos de España en busca de trabajo. Su entorno fueron el puerto activo, la marinería pendenciera, los esclavos caleseros tras la esclava doméstica, los muchos artesanos y los pequeños comercios.

El hogar le brindó la rectitud y honradez de una familia de trabajo, católica, fiel a la Corona y orgullosa de los uniformes militares vestidos por el padre, el abuelo materno y los amigos de ambos.

Su adolescencia precoz le abrió el acceso a la clase media cubana. Sin tantos bienes, pero ilustrada, bien informada acerca de la cultura moderna, ansiosa por transformar el régimen político y enemiga de la esclavitud, con una identidad bien definida de cubana antes que española.

El patriota

El estallido del 10 de octubre de 1868 lo echó para siempre del lado de la patria, y el presidio político estremeció su cuerpo y su espíritu, y lo forjó en el dolor.

En su primera deportación escribió a favor de Cuba; en México se inscribió para una expedición a la Isla que nunca pudo partir; en Guatemala sintió vergüenza por no estar en la manigua cubana.

Cuando volvió a Cuba su sensibilidad rechazó a los oportunistas que medraban bajo el poder colonial y de inmediato se unió a los conspiradores, entró de lleno en la vida intelectual habanera, anduvo por los campos de occidente y su talento lo elevó a la dirigencia de la conspiración.

Al escapar de la segunda deportación se fue convirtiendo en Nueva York en alma de la emigración cubana. Supo ganarse el corazón de los tabaqueros, los pequeños comerciantes y hasta de aristócratas que moraban en la Quinta Avenida.

Líder de la República nueva

José Martí supo comprender cuándo las condiciones obligaban a levantarse para liberar a Cuba del colonialismo español y del anexionismo promovido por el vecino del norte. Trabajó para un radical proyecto republicano de justicia social y de acción unida de Latinoamérica.

No dio cabida al caudillismo ni a las aventuras expedicionarias y urdió una fina trama de intereses y sectores para emprender una guerra de mayorías. Creó el Partido Revolucionario Cubano para todos los patriotas y armó una conspiración que cubrió toda la patria.

Dicha grande, escribió en su Diario al desembarcar en la región oriental, donde cuidó y animó a las tropas libertadoras, y se preparó para organizar la guerra sobre el terreno.

Trabajó para su vasto proyecto para la patria, la región y el mundo. Murió de frente, en la guerra que convocó. Cumplió su deber como cualquier otro patriota.

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