Amaba la cerámica y la pintura y compartió su tiempo entre esas dos expresiones artísticas. Amelia Peláez fue una creadora con una labor muy personal, versión clásica del barroco cubano, según estudiosos de su obra.

Medios puntos, rejas de complicados arabescos, columnas, frutas carnosas de sensualidad, todo un caleidoscopio de luz y color salieron de sus manos.

Nacida en Yaguajay, el 5 de enero de 1896, en su familia no hubo tradición pictórica, aunque heredó de su tío, el poeta Julián del Casal, el amor por la belleza.

Amelia se formó académicamente en la escuela de San Alejandro, y en París, su segunda plaza académica. Su primera muestra la hizo en 1924, año en que inició estudios en The Art Studens League, de Nueva York.

Obra con mucho que decir

Mujer de ancha figura y sonrisa bondadosa, Amelia Peláez amaba las plantas, particularmente el exotismo del Marpacífico, plasmado con frecuencia en sus dibujos. Despojada de lo clásico, se afanó en buscar otras formas expresivas.

Así, tomó parte en 1927 en  la Exposición de Arte Nuevo, que constituyó un enfrentamiento entre la vanguardia clásica y la academia.

Años después, Amelia estudió con la célebre decoradora rusa Alejandra Exter y realizó su primera muestra personal en la famosa galería Zak.

Ya para esa fecha la pintora recreaba el cubismo, dotándolo de un criollismo que la hacía distinguirse.

Mamparas, coloridos vitrales, claraboyas, muebles coloniales, ventanas y el exotismo de sus frutas hablaban ya de una Amelia Peláez que tendría mucho qué decir en su obra.

Entre vitrales y cerámicas

Amelia Peláez está reconocida como una de las más importantes ceramistas cubanas. Para ella, la cerámica fue como la pintura, una pasión absorbente. De niña, le gustaba hacer papalotes llenos de colorido y hermosas combinaciones de triángulos.

Su fabuloso universo de imágenes, luz y colores se extendió al barro. Sus piezas irradiaban tanta luz como el sol de Cuba. Las trabajaba con mucho deleite, imprimiéndoles el sello de su personalidad.

Por esos años, Amelia iba a Santiago de las Vegas a dar rienda suelta a su pasión por el barro. Ya para la década del 50 tuvo su propio taller y compartía su tiempo entre la cerámica y la pintura.

Amelia Peláez  plasmó murales en edificios públicos habaneros, entre estos, el Hotel Habana Libre. Sus vitrales, de incalculable belleza y cubanía, llevan su distinguido sello.

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