Las divertidas, y a veces romantizadas pesquerías en aguas del golfo de Guacanayabo, atraían al hijo de Anselmo hachero, el más hábil leñador entre los sitieros granmenses.
Aunque Antonio Luis sabía que su padre, diligente carbonero, pretendía cederle instrumentos y saberes para que prosiguiera su oficio, miraba con más ahínco al mar, los manglares y los botes de su comarca.
Dice que su anhelo era convertirse en marinero. Toño Luis, como le conocen en los parajes rurales de Niquero, entendía que al viejo le faltaban fuerzas, y, por ello, finalizaban las aventuras que por más de 60 años había mantenido entre matorrales, bosques, candela y humo.
Pero aquel pequeño que escuchaba de talas de grandes árboles y hornos para quemar la leña que se convertiría en carbón vegetal, tenía otros amores: las historias y las hazañas marineras. Y un bravo huracán, hizo posible el cambio de su vida.
Del bohío a la barcaza
Los ambivalentes sentimientos del granmense Antonio Luis Fundora Hernández, se fueron disipando: aunque era un diestro maderero, prefería la marinería. Tal cambio existencial ocurrió un atardecer de verano. Nubes grises y aire arremolinado, delataban un futuro ciclón tropical.
Orlando, el primo de Toño Luis, presuroso le solicitó trasladar su chalupa manglar adentro, para protegerla de la furia de la naturaleza. Entonces, llegó la esperada propuesta: de eficaz carbonero, pasó a reconocido pescador de plataforma.
Comenta que tras una década desandando el litoral, cayos, arrecifes y aguas profundas, sabe mucho de peces de escamas, crustáceos y otros. Y de soledades y miedos, también.
Afirma tener ya tantas anécdotas marineras en el golfo de Guacanayabo, como los relatos rurales que acumuló su padre Anselmo en la Sierra Maestra. La de la batalla con un tiburón, está entre sus preferidas.
Toño el pescador
Dice Toño que en días buenos, su bote regresa a la costa con abundante carga de peces. Sobresalen biajaibas, machuelos, pargos, sierras y mantarrayas. Es el sustento familiar, amplía.
Al preguntarle por los oficios de su vida, recuerda cómo se inició en el arte del carbón: desde talar árboles hasta alinear los troncos para montar el horno. Después vino la pesquería. Confiesa que es el verdadero amor de su vida laboral. Aunque peligrosa, la gestión entre anzuelos y redes, le llena de satisfacción.
Y vuelve a historias preferidas. Hace unos cinco años, un tiburón mediano, tras tirones y saltos, cayó al bote. Y la pelea fue más fiera, más dura que en el agua, recalca.
Toño el pescador, hombre robusto, piel curtida por el sol y manos grandes y callosas, es, sin embargo, una persona afable, comunicativa e íntegra. Como quiso mi padre que fuera, apunta.