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Nos bajó de la guagua y el primer rayo de Sol sobre sus ojos lo cegó. Tomó un breve respiro tras poco más de diez minutos del transporte con sus “cosillas”. No era su primera vez en el Parque 13 de Marzo, pero esta ocasión era diferente. Era su primera, y al parecer única, experiencia en frente a un Martí a galope.

Un rápido e ingenuo paso lo llevaba rumbo al monumento. De pronto se detiene. Nos mira con cara de sorpresa. Ya está frente al apóstol y frunce su entrecejo. La muchedumbre lo tapaba y casi no veía más allá de sus propios pasitos. Quería entender por qué le llamaba tanto la atención a sus compañeritos del barrio ver una “simple” estatua.

Pero a un hombre tan grande como el más universal de los cubanos es imposible no verlo. Y nuestra frase pone fin a su ira.

-Ale, mira para arriba.

En ese momento vimos como los pelos de sus brazos se erizaban, brazos que aflojaban su tranque de reproche mientras iban descubriendo primero un caballo y luego un héroe. Fue entonces cuando su cara cambió. De una expresión molesta pasó a la de orgullo que solo los cubanos, o los grandes de corazón, saben reconocer cuando presencian la figura del hombre de los versos sencillos.

Mas al examinar detenidamente el conjunto escultórico nos asalta con la curiosidad típica de su edad: – ¿Por qué tiene la cara tan triste?, ¿por qué el caballo parece asustado?, ¿no les parece que muere?

Tuvimos que recurrir a lo que parecía tanto deseaba. Nos reposamos en un banco bajo la casi inexistente sombra de un árbol. De Martí él había escuchado hablar mucho, pero igual no iba a desistir de sus preguntas.

– Sí, la estatua representa el momento de su muerte. El 19 de mayo de 1895 Baconao, su caballo, cabalgaba con furia guiado por un Martí que desafiaba las balas. Aquel día nuestra Isla vistió de luto por la pérdida del maestro. Proyectiles enemigos pusieron fin a su vida en un lugar de Oriente llamado Dos ríos.

– ¡No! ¡Es que es absurdo! –gritó al viento con su rostro achinado. -A los héroes se les representa victoriosos.

«Vaya problema», pensamos. Cómo le explicamos a un niño que también hay gloria en la muerte.

-¿Recuerdas quién es Eusebio Leal?, asiente con su cabecita, -Bueno, nuestro historiador dijo que es especial y única porque evoca el momento en que José Martí da su vida por la causa a la que se había entregado.

Tomándonos de las manos comenzó a sollozar bajito. Es un hombrecito muy apenado, no le gusta llorar en público. Sin embargo, las lágrimas no lo detienen, retoma el asalto y vuelve a la marcha con las interrogantes.

-¿Entonces es verdad que murió de esa manera?

-No sabemos, pero puedo asegurarte que su escultora, Anne Hyatt Huntington, era una mujer de una sensibilidad extrema y que tuvo que estudiar mucho para poder diseñarla.

-O sea, ¿es imposible afirmar que fue así? No importa, creo que si alguna vez tuviera que elegir una escena de su caída, al menos yo me quedaría con esta-, nos dijo mientras una tenue sonrisa se hacía del control de su rostro.

Llegó el momento de irnos. La luz seguía abrazando la base del monumento cual crespón de fuego. Enrumbamos el camino a casa. No nos deteníamos. Pero de pronto vimos que él se rezagó, que la marcha rápida se había vuelto un paseo taciturno, como los que van por los puentes de París, o Venecia.

-¿Volveremos, verdad?, interroga con cara de quién no acepta un «no» por respuesta.

Al fin una pregunta fácil.

-Sí, siempre que quieras.

Por Elin Driggs Luzardo y Andy José Rivera Gómez