La Habana, Cuba. – Oí siempre decir a mi abuela Zenaida que en su vida tenía dos grandes amores: su esposo –mi abuelo José- y Fidel. ¡Sí!, el Comandante en Jefe.

No fue una mujer letrada, pero comprendía de razones y entendió desde un principio el sentido de la Revolución Cubana, que fue para ella -decía- “lo más bello que ha podido suceder”.

Por eso, mil veces la escuché defender con vehemencia al sistema social que elegimos y a su líder, por quien sintió siempre una especial devoción. Para mí no hay más Dios que Fidel, y sus ideas son mi única creencia, así la escuche expresarse en repetidas ocasiones, cuando rechazaba de tajo argumentos idealistas.

El Período Especial la sorprendió en la senectud, y aun así supo explicarse muchos problemas que, comprendió, están ajenos a la voluntad política del país, y solía decir: Estoy segura que Fidel sabrá resolverlos.

Fidel siguió en su memoria

Frisaba mi abuela Zenaida los 90 años de edad y su mente, ya senil, estaba quedando prácticamente vacía. A muchos de los suyos olvidó; desaparecieron de su recuerdo como si nunca hubieran sido sus familiares.

Más, alguien permanecía todavía con increíble frescura en su cerebro: ¡Fidel! Una foto del Comandante fue reliquia en su pared y besaba su imagen cuando se la enseñábamos en la prensa.

Quizás ya no sabía de la obra del que era para ella el más inmenso hombre, pero lo conservaba en la memoria como el ser más querido. ¡Qué tenga mucha salud y viva muchos años!, es lo que siempre le deseaba mi abuela.

Y si ella ahora viviera, seguro lloraría a raudales la ausencia física de su gran amor, pero la consolaría saber que él está siempre en todas las tribunas y que el pueblo goza la fortuna de continuar teniendo a Fidel entre nosotros.

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