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Carlos del Porto Blanco

La Tierra completó otra vuelta alrededor del Sol y como es costumbre, muchas publicaciones analizan los 365 días previos para publicar sobre lo más destacado en las diferentes áreas del actuar humano. La revista Nature, como es costumbre, hace en el mes de diciembre una selección de las 10 personas más importantes para la ciencia en el año, según su criterio. Esta relación es más que un ranking: puede ser vista como un mapa de los territorios que la ciencia ha conquistado durante el periodo. En el 2025, ese mapa está poblado por exploradoras de abismos, pioneros de la edición genética y guardianes de la verdad científica en un mundo de verdades en disputa. En total, nueve adultos (cuatro hombres y cinco mujeres) y un niño, cuyas vidas, a su manera, han reconfigurado lo posible.

Los científicos no persiguen la verdad, es ésta la que los persigue a ellos. Karl Schlechta.

La lista destaca la exploración de nuevas fronteras, la promesa de avances médicos revolucionarios, el compromiso inquebrantable con la salvaguarda de la integridad científica y a aquellas personas que dan forma a las políticas globales que salvan vidas. El editor de artículos especiales de Nature, Brendan Maher, planteó que “en un año difícil para la ciencia en todo el mundo, fue reconfortante ver los increíbles descubrimientos y el inspirador trabajo de tantos investigadores”. Los seleccionados son los siguientes:

La inmunóloga estadounidense Susan Monarez, fue directora adjunta de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, CDC, de Estados Unidos. Se enfrentó a la administración de Donald Trump cuando se le ordenó aplicar políticas de vacunación no respaldadas por la ciencia; al negarse, fue destituida de manera inmediata. Su caída provocó una oleada de renuncias y expuso las grietas de una administración dispuesta a poner la política por encima de la ciencia.

Monarez se convirtió en símbolo de una ética inquebrantable. Rechazó diluir su compromiso con la verdad y dejó claro que el CDC no puede ser rehén de intereses ajenos a la evidencia. “Me despidieron por mantener la integridad científica”, declaró en una audiencia del Congreso en septiembre y, según su relato, se negó a cumplir las órdenes del secretario de Salud Robert F. Kennedy Jr., de despedir a los principales científicos de la agencia y de aprobar previamente las recomendaciones sobre vacunas sin considerar primero los datos científicos pertinentes, recuerda la publicación.

Otro de los protagonistas es el científico de datos indio Achal Agrawal, quien descubrió problemas de integridad en la investigación en su país y cuyo trabajo contribuyó a “un cambio histórico en la política de clasificación de las instituciones de educación superior en la India”. Todo comenzó con estudiantes que usaban software para parafrasear artículos y burlar los detectores de plagio. Para Agrawal, ese episodio fue apenas la punta del iceberg. Renunció a su puesto académico para dedicarse, sin sueldo fijo, a un frente incómodo: evidenciar malas prácticas en la publicación científica, y fundó India Research Watch, una red que visibiliza fraudes, documenta retractaciones y ofrece apoyo a denunciantes anónimos.

Sus informes y visualizaciones sobre el número de artículos retirados por instituciones indias ayudaron a presionar por cambios concretos: este año, el gobierno anunció que el sistema nacional de rankings de universidades empezará a penalizar a las instituciones con altos niveles de retractaciones, un giro que busca dejar de premiar sólo la cantidad de artículos y poner el foco en la calidad y la integridad. El costo personal ha sido alto, incluidas demandas y dificultades para conseguir empleo, pero su trabajo ha puesto el tema de la ética científica en el centro del debate académico del país.

Este año se inauguró en el norte de Chile el Observatorio estadounidense Vera Rubin, el que posee la mayor cámara del mundo. Este ingenio es capaz de filmar el cielo cada noche, con una precisión sin igual. Nature incluye al físico de la Universidad de California Tony Tyson, hoy con 85 años, en su lista por su trabajo en cámaras digitales. Tyson desde hace más de tres décadas perseguía una idea: construir un telescopio capaz de tomar una especie de “video” continuo del cielo.

Tyson fue de los primeros en usar sensores CCD para revelar galaxias extremadamente tenues y en aplicar la técnica de lente gravitacional débil para mapear la materia oscura. El Rubin, de 810 millones de dólares y 350 toneladas de ingeniería al servicio de la astrofísica, llevará esa ambición al siguiente nivel: generará mapas en 3D de la materia oscura, rastreará supernovas y otros eventos transitorios, y ayudará a identificar asteroides potencialmente peligrosos para la Tierra. El proyecto fue considerado de “alto riesgo, alta recompensa”; hoy encarna cómo una apuesta persistente puede cambiar la manera en que hacemos astronomía.

La funcionaria de salud pública de la Universidad de Witwatersrand, Sudáfrica, Precious Matsoso gana su lugar en la lista, en un mundo todavía marcado por las heridas de la covid-19. Fue negociadora del primer tratado mundial de preparación para pandemias, acordado el pasado mes de mayo después de tres años de arduas negociaciones. Matsoso ayudó a lograr algo que parecía imposible: que más de 190 países se pusieran de acuerdo en un borrador de tratado global sobre pandemias bajo el paraguas de la Organización Mundial de la Salud.

El tratado promueve una distribución equitativa de datos, recursos, tecnología y beneficios. Fue una respuesta directa a las injusticias de la covid-19, cuando las vacunas no llegaron a todos por igual. El texto plantea principios para compartir datos y muestras de patógenos, mejorar la preparación y asegurar un acceso más equitativo a vacunas y tratamientos en futuras emergencias sanitarias. Matsoso, con larga trayectoria en la expansión de terapias contra el VIH y en la OMS, jugó el papel incómodo pero clave de mediadora: escuchar “líneas rojas” de todas las partes y empujarlas hacia compromisos. El tratado aún enfrenta desafíos para su ratificación y para afinar mecanismos de reparto de beneficios, pero marca un punto de partida histórico para intentar que la próxima pandemia sea menos desigual.

La neuróloga británica Sarah Tabrizi es la directora del Centro de Enfermedad de Huntington, que se encuentra en la University College London. Esta investigadora lleva años en la primera línea de los intentos por frenar esta enfermedad neurodegenerativa hereditaria, devastadora y sin cura. En septiembre de 2025, los datos de un ensayo clínico con la terapia génica AMT-130 ofrecieron la señal más alentadora hasta ahora: en un pequeño grupo de pacientes tratados con una dosis alta, la progresión del deterioro motor y cognitivo se redujo alrededor de 75% frente al grupo de control, y los biomarcadores de daño neuronal en líquido cefalorraquídeo también mejoraron.

Aunque se trata de un tratamiento invasivo y aún experimental, el resultado reabre la ventana de oportunidad para intervenir cuando ya hay síntomas, y revitaliza al campo de la terapia génica, golpeado por fracasos y efectos adversos en otros estudios. Tabrizi, que también ha tenido que comunicar resultados desalentadores en ensayos previos, insiste en que cada tropiezo aporta información para mejorar diseños y dosis. Su objetivo de largo plazo es aún más ambicioso: prevenir que el Huntington llegue siquiera a manifestarse.

A más de 9000 metros de profundidad, en la fosa Kuril-Kamchatka, al noreste de Japón, la geocientífica de la Academia China de Ciencias, Mengran Du observó algo que nadie había descrito: un ecosistema animal próspero en la zona hadal, el estrato más profundo del océano. Desde el minisubmarino Fendouzhe, construido para soportar presiones mil veces mayores que las de la superficie, Du y su equipo hallaron comunidades de gusanos tubícolas rojos, almejas, caracoles y otros organismos que no dependen de la luz solar, sino de microbios que obtienen energía de compuestos como metano y sulfuro de hidrógeno que brotan del fondo marino.

Las expediciones posteriores detectaron sistemas similares en otras fosas del Pacífico, lo que apunta a un posible “corredor” global de ecosistemas quimiosintéticos en las profundidades. El hallazgo obliga a replantear el papel de la quimiosíntesis en el océano profundo y la complejidad de las cadenas alimentarias en estos ambientes extremos. Sus hallazgos tienen implicaciones para entender cómo se originó la vida… o cómo podría existir en otros planetas. Para Du, cada inmersión es una forma de mirar el pasado remoto de la Tierra.

En Curitiba, Brasil, el ingeniero agrónomo y entomólogo Luciano Moreira dirige una fábrica muy particular: cada semana produce más de 80 millones de huevos de mosquito Aedes aegypti infectados con la bacteria Wolbachia, que reduce su capacidad de transmitir virus como el dengue, la fiebre amarilla, el oropouche y el chikungunya. La estrategia, que comenzó como experimentos a pequeña escala, ya es reconocida por el gobierno brasileño como medida oficial de salud pública. En ciudades donde se han liberado estos mosquitos (los llamados wolbitos), la incidencia de dengue ha caído de forma drástica, con reducciones cercanas al 90% en algunos casos.

Moreira no solo contribuyó a demostrar la eficacia del método en laboratorio y en campo; también se dedicó a convencer a autoridades y comunidades de la lógica de “combatir mosquitos con mosquitos”. La planta que ahora lidera aspira a producir hasta 5000 millones de wolbitos al año, en un país donde el dengue mató a más de 6000 personas en el año 2024. Moreira, ha logrado reducir hasta en un 89 % los casos en varias ciudades brasileñas.

El financista chino Liang Wenfeng, revolucionó el mundo de la inteligencia artificial, pasó de usar algoritmos para ganar dinero en los mercados financieros a desafiar el mapa de poder de la inteligencia artificial. Con el capital acumulado, fundó en 2023 la empresa DeepSeek, con sede en Hangzhou. En enero de 2025 la compañía presentó R1, un modelo de lenguaje de “razonamiento” capaz de resolver tareas complejas como problemas de matemáticas y programación, descomponiéndolas en pasos, con un rendimiento comparable al de los modelos más avanzados de Estados Unidos, pero entrenado con un costo diez veces menor.

R1 se publicó como código abierto y detalles de entrenamiento revisados por pares, lo que permite a investigadores descargarlo, adaptarlo y estudiar cómo se construyó. Ese gesto de apertura impulsó a otras empresas a liberar modelos similares y consolidó a DeepSeek como símbolo de un cambio de narrativa. China muestra que no es segunda de nadie en  Inteligencia Artificial. Con 10 mil Unidades de procesamiento gráfico, GPU, acumuladas antes del veto tecnológico estadounidense, Liang anticipó el futuro. Su modelo ya gestiona servicios públicos en China y es usado por millones de personas.

La bióloga israelí de sistemas Yifat Merbl, del Instituto Weizmann de Ciencias de Rehovot, decidió mirar donde casi nadie estaba prestando atención: en los fragmentos de proteínas que las células desechan tras ser procesadas por el proteasoma, el complejo encargado de degradar proteínas. Al analizar esos pequeños péptidos mediante espectrometría de masas y compararlos con bases de datos de secuencias conocidas, su equipo descubrió que muchos tenían propiedades antimicrobianas, capaces de dañar bacterias.

Experimentos posteriores mostraron que, cuando una célula se infecta, el proteasoma puede cambiar de “tapa reguladora” y favorecer la producción de esos péptidos defensivos, conformando una línea de defensa independiente de la activación clásica del sistema inmune. El hallazgo sugiere que una misma proteína puede tener muchas “vidas” funcionales a través de los fragmentos que genera, y abre la puerta a diseñar nuevos antibióticos inspirados en este mecanismo. La inmunología, con ella, ha ganado una nueva gramática molecular que apenas estamos empezando a leer.

La historia de KJ Muldoon recuerda que, a veces, el protagonista de un avance científico no es un investigador, sino un paciente. Nacido en agosto de 2024, fue diagnosticado con una forma ultra rara de deficiencia de CPS1, un trastorno genético que impide al organismo procesar correctamente las proteínas y provoca acumulación de amonio en sangre, con alto riesgo de daño cerebral y muerte temprana. Kj, como es conocido, tenía seis meses, en febrero, cuando recibió en Filadelfia, Estados Unidos una terapia de edición génica diseñada exclusivamente para su mutación: una intervención quirúrgica del ADN realizada en tiempo récord. En seis meses, un equipo multidisciplinar creó, fabricó y administró un tratamiento personalizado que salvó su vida.

Tras pasar 307 días hospitalizado, KJ volvió a casa. Su historia plantea preguntas urgentes sobre cómo escalar terapias ultra personalizadas sin que los costes se vuelvan insostenibles. En lugar de limitarse a un trasplante de hígado, su equipo médico y un grupo de investigadores diseñaron para él una terapia de edición génica con CRISPR de tipo “base editing” hecha a la medida de su mutación específica. KJ recibió tres infusiones a partir de febrero. Su tolerancia a la proteína en la dieta ha mejorado, aunque sigue bajo cuidado.

Esta relación nos muestra que los hallazgos científicos requieren constancia y dedicación, que pueden aparecer en cualquier lugar y momento. Por eso es tan importante, tener una formación científica, aunque usted no se dedique profesionalmente a ella.

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