Carlos del Porto Blanco
Pese a las inmensas dificultades a las que se enfrenta la ciudadanía cubana, la programación cultural se mantiene. El último fin de semana la Sala Avellaneda del Teatro Nacional de Cuba presentó una temporada de la compañía Danza Contemporánea de Cuba, dirigida por el maestro Manuel Iglesias.
Verdad es que al danzar el alma de la hermosura, que más que el rostro, procura persuadir y enamorar. Lope de Vega.
En las palabras del director de la compañía, Miguel Iglesias, en el programa de mano, se lee: “En momentos de crisis, el arte es refugio y sostén. Las complejas circunstancias que vive el país no han detenido a los artistas de Danza Contemporánea de Cuba. Estamos presentando una temporada en momentos muy difíciles, porque confiamos en la capacidad de resiliencia que entrega el arte y en ese espacio de comunión que se crea cuando el público y los intérpretes comparten la misma respiración. Subir a escena hoy es también un acto de fe: en la sensibilidad, en la inteligencia colectiva, en la posibilidad de pensarnos desde el movimiento”.
El programa se conformó con dos obras, Consagración, una coreografía de Christophe Béranger y Jonathan Pranlas-Descours, con música de Ígor Stravinski; y Waves and edges de la bielorrusa Olga Labovkina.
La primera obra es una recreación del clásico «La consagración de la primavera» del bailarín Vaslav Nijinski con música de Igor Stravinski. En la obra, el rito original —la ceremonia pagana de sacrificio, renovación y relación con la tierra— se reinterpreta mediante una mirada contemporánea que incorpora la fuerza corporal, la expresividad afrocubana y el simbolismo ritual.
En su dimensión escénica, Consagración destaca por sus contrastes visuales y sonoros: el uso de la partitura original de El Sacrificio de la Primavera de Stravinski, confiere a la obra un poder auditivo formidable. El vestuario y la iluminación tienen un papel primordial, los cuerpos se ocultan y revelan, las sombras y luces marcan instantes de suspense y exaltación, la coreografía construye un espacio simbólico donde lo colectivo aprieta al individuo y éste finalmente se hace visible.
La coreógrafa bielorrusa Olga Labovkina llegó a Cuba por primera vez, a raíz de una invitación de Danza Contemporánea de Cuba, su objetivo fue trabajar con los bailarines en el montaje coreográfico de una obra en medio de la complicada situación que vive la nación.
Esta creadora, con una carrera profesional de más de dos décadas, se mueve en el área de las artes escénicas, entre la danza contemporánea, las artes visuales, el teatro en movimiento y el performance, por varias ciudades del este europeo. Nunca había trabajado con bailarines cubanos, así que la propuesta del viaje fue recibida como una gran aventura que valía la pena ser vivida y que la llevó a un proceso de investigación para obtener información sobre el vocabulario técnico de la compañía.
A partir de lo visto en el repertorio de la Compañia, confiesa Olga, se inspiró para crear, con la asistencia de Daniil Kirilko, un proyecto que correspondiera a “la genialidad de estos bailarines”. De ese proceso de investigación recuerda Súlkary -coreografía de Eduardo Rivero-, una de las obras referenciales de DCC, “una obra auténtica, que refleja rasgos de la identidad cubana”.
Para su estreno en Cuba, optó por un diseño minimalista. La idea principal que nutre el concepto de Waves & Edges dialoga con el presente global y, refiere la artista, “no se centra en ninguna persona como tal, ni en ninguna circunstancia, ni en ninguna imagen central. Nuestra concepción tiene que ver con una idea más abarcadora que resume lo amplio de la sociedad, que resume todas las ideas y concepciones del mundo en general”.
Dice Olga, Para mí el sentido del baile engloba tanto su capacidad para ser refugio como para dar respuesta a los problemas del entorno social. Hay personas que bailan solas en su cuarto, hay otras que bailan por, simplemente, mover el cuerpo; otras, cuando escuchan una música. Sin embargo, para mí -y estoy muy contenta con mi profesión- el baile, si tenemos en cuenta el sentido escenográfico, por supuesto que transmite alguna información y mensaje.
Y cerró la creadora diciendo: creo que en nuestra pieza hay algunos elementos comunes con los cuales se puede identificar el público. Pero para nosotros lo más importante no es que entiendan la pieza, sino que la sientan como parte de sus propias vidas.
Aunque algunos desean quitarnos hasta la alegría, la cultura cubana sigue vivita y coleando, el pasado fin de semana fue una muestra de ello. Ah, y para los agoreros de la tragedia, la semana que viene vamos por más, se presentará el Ballet Nacional de Cuba, sábado y domingo a las 5 p. m. con Giselle. Allí nos vemos.
Verdad es que al danzar el alma de la hermosura, que más que el rostro, procura persuadir y enamorar. Lope de Vega.
En las palabras del director de la compañía, Miguel Iglesias, en el programa de mano, se lee: “En momentos de crisis, el arte es refugio y sostén. Las complejas circunstancias que vive el país no han detenido a los artistas de Danza Contemporánea de Cuba. Estamos presentando una temporada en momentos muy difíciles, porque confiamos en la capacidad de resiliencia que entrega el arte y en ese espacio de comunión que se crea cuando el público y los intérpretes comparten la misma respiración. Subir a escena hoy es también un acto de fe: en la sensibilidad, en la inteligencia colectiva, en la posibilidad de pensarnos desde el movimiento”.
El programa se conformó con dos obras, Consagración, una coreografía de Christophe Béranger y Jonathan Pranlas-Descours, con música de Ígor Stravinski; y Waves and edges de la bielorrusa Olga Labovkina.
La primera obra es una recreación del clásico «La consagración de la primavera» del bailarín Vaslav Nijinski con música de Igor Stravinski. En la obra, el rito original —la ceremonia pagana de sacrificio, renovación y relación con la tierra— se reinterpreta mediante una mirada contemporánea que incorpora la fuerza corporal, la expresividad afrocubana y el simbolismo ritual.
En su dimensión escénica, Consagración destaca por sus contrastes visuales y sonoros: el uso de la partitura original de El Sacrificio de la Primavera de Stravinski, confiere a la obra un poder auditivo formidable. El vestuario y la iluminación tienen un papel primordial, los cuerpos se ocultan y revelan, las sombras y luces marcan instantes de suspense y exaltación, la coreografía construye un espacio simbólico donde lo colectivo aprieta al individuo y éste finalmente se hace visible.
La coreógrafa bielorrusa Olga Labovkina llegó a Cuba por primera vez, a raíz de una invitación de Danza Contemporánea de Cuba, su objetivo fue trabajar con los bailarines en el montaje coreográfico de una obra en medio de la complicada situación que vive la nación.
Esta creadora, con una carrera profesional de más de dos décadas, se mueve en el área de las artes escénicas, entre la danza contemporánea, las artes visuales, el teatro en movimiento y el performance, por varias ciudades del este europeo. Nunca había trabajado con bailarines cubanos, así que la propuesta del viaje fue recibida como una gran aventura que valía la pena ser vivida y que la llevó a un proceso de investigación para obtener información sobre el vocabulario técnico de la compañía.
A partir de lo visto en el repertorio de la Compañia, confiesa Olga, se inspiró para crear, con la asistencia de Daniil Kirilko, un proyecto que correspondiera a “la genialidad de estos bailarines”. De ese proceso de investigación recuerda Súlkary -coreografía de Eduardo Rivero-, una de las obras referenciales de DCC, “una obra auténtica, que refleja rasgos de la identidad cubana”.
Para su estreno en Cuba, optó por un diseño minimalista. La idea principal que nutre el concepto de Waves & Edges dialoga con el presente global y, refiere la artista, “no se centra en ninguna persona como tal, ni en ninguna circunstancia, ni en ninguna imagen central. Nuestra concepción tiene que ver con una idea más abarcadora que resume lo amplio de la sociedad, que resume todas las ideas y concepciones del mundo en general”.
Dice Olga, Para mí el sentido del baile engloba tanto su capacidad para ser refugio como para dar respuesta a los problemas del entorno social. Hay personas que bailan solas en su cuarto, hay otras que bailan por, simplemente, mover el cuerpo; otras, cuando escuchan una música. Sin embargo, para mí -y estoy muy contenta con mi profesión- el baile, si tenemos en cuenta el sentido escenográfico, por supuesto que transmite alguna información y mensaje.
Y cerró la creadora diciendo: creo que en nuestra pieza hay algunos elementos comunes con los cuales se puede identificar el público. Pero para nosotros lo más importante no es que entiendan la pieza, sino que la sientan como parte de sus propias vidas.
Aunque algunos desean quitarnos hasta la alegría, la cultura cubana sigue vivita y coleando, el pasado fin de semana fue una muestra de ello. Ah, y para los agoreros de la tragedia, la semana que viene vamos por más, se presentará el Ballet Nacional de Cuba, sábado y domingo a las 5 p. m. con Giselle. Allí nos vemos.