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Carlos del Porto Blanco

Durante más de un siglo, la narrativa dominante sobre el cerebro humano se centró en una estrella indiscutible: la neurona. Se le consideraba la unidad funcional única, la procesadora de información, la sede del pensamiento y la memoria. Sin embargo, entre esas neuronas existía una multitud de células que, durante mucho tiempo, fueron relegadas a un papel secundario, consideradas meras estructuras de soporte. A esas células se las conoce como glía.

Este artículo busca ayudar en algo a desmantelar el mito del «pegamento inerte» y presentar a la glía como un componente activo, dinámico y esencial para la salud cerebral, la cognición y la enfermedad, basándonos en la evidencia histórica y los descubrimientos más recientes.

Mientras el cerebro sea un misterio, el universo continuará siendo un misterio. Santiago Ramón y Cajal

De la «Sustancia Intersticial» a la Protagonista Silenciosa

La historia de la glía comienza formalmente en 1846, cuando el patólogo alemán Rudolf Virchow observó bajo el microscopio una sustancia conectiva en el sistema nervioso. Al no encontrar nervios en ella, la denominó Nervenkitt (cemento nervioso), acuñando el término «neuroglía» para describir ese material de relleno. Durante décadas, se asumió que su única función era mantener a las neuronas en su lugar. Ese concepto, la «glia» (del griego, ?????, «glue«), perduró y las condenó a ser vistas por generaciones como el simple y pasivo andamio del cerebro.

Pero la ciencia tiene la costumbre de derribar sus propias certezas. Lejos de ser un relleno inerte, la glía es un conjunto diverso y dinámico de células que está reescribiendo los manuales de la neurociencia. Hoy se sabe que, sin ellas, no habría pensamiento, memoria ni percepción posible. No son el simple pegamento; son los arquitectos, los plomeros, los jardineros y el sistema inmunológico del sistema nervioso.

Un momento crucial en la comprensión del cerebro ocurrió a finales del siglo XIX con el trabajo del investigador español y Premio Nobel de Medicina o Fisiología, Santiago Ramón y Cajal. Aunque Cajal es celebrado por la «Doctrina de la Neurona», sus dibujos también mostraban células gliales. Sin embargo, la tecnología de la época (la tinción de Golgi) favorecía la visualización de neuronas, dejando a la glía en la sombra. Cajal describió a los astrocitos como «las arañas del cerebro», pero su enfoque se mantuvo en la transmisión eléctrica neuronal.

La verdadera revolución taxonómica llegó desde España. Entre 1919 y 1921, el neurólogo Pío del Río Hortega, colaborador de Cajal, desarrolló nuevas tinciones con carbonato de plata que le permitieron distinguir claramente dos tipos de glía que antes se confundían: los oligodendrocitos y la microglía. Río Hortega demostró que la microglía tenía origen mesodérmico (inmune), no nervioso, un hallazgo visionario que tardó décadas en ser aceptado plenamente por la comunidad internacional

Pero hubo que esperar hasta finales del siglo XX y, sobre todo, las últimas dos décadas, para que el velo se levantara por completo. La llegada de la microscopía electrónica, los marcadores genéticos y, de forma crucial, las técnicas de imagen en tiempo real (como la microscopía de dos fotones) han permitido ver a la glía en acción dentro de un cerebro vivo. Y lo que se ha visto ha sido asombroso: esas células están en permanente movimiento, conversando con las neuronas y entre sí, esculpiendo activamente los circuitos que nos hacen quienes somos.

Uno de los datos más citados erróneamente en la cultura popular es la proporción entre neuronas y glía. Durante años, los libros de texto afirmaron que había diez veces más glía que neuronas. Sin embargo, investigaciones recientes lideradas por la neuroanatomista Suzana Herculano-Houzel en 2009, utilizando un método de «isotropización fraccionada» (convertir el cerebro en una sopa homogénea para contar núcleos), demostraron que la relación es aproximadamente 1:1 en el cerebro humano. Ese hallazgo corrigió una creencia de un siglo y reequilibró la importancia numérica de ambos tipos celulares.

Otro hecho relevante es la capacidad de comunicación. A diferencia de las neuronas, que usan potenciales de acción eléctricos rápidos, la glía se comunica mediante ondas de calcio más lentas. Eso llevó a la reserva inicial de los científicos: ¿puede algo tan lento influir en el pensamiento rápido? La evidencia actual sugiere que sí, regulando el estado de excitabilidad general de las redes neuronales.

Además de los pioneros históricos (Virchow, Cajal, Río Hortega), la era moderna de la gliología debe mucho al Dr. Ben Barres de la Universidad de Stanford. Barres, fue importante en demostrar que los astrocitos son necesarios para la formación de sinapsis. Sin astrocitos, las neuronas en cultivo apenas se conectan. Su legado impulsó una generación de investigadores a estudiar la glía no como soporte, sino como socios activos.

En la actualidad, laboratorios en todo el mundo, desde el European Molecular Biology Laboratory (EMBL) hasta el Salk Institute, continúan produciendo investigaciones clave sobre cómo la microglía influye en trastornos del neurodesarrollo como el autismo o la esquizofrenia.

Reservas y Desafíos Actuales

A pesar del entusiasmo, existen reservas profesionales que deben mantenerse para evitar el sensacionalismo:

  1. Complejidad Técnica: Estudiar la glía es difícil. Al no generar picos eléctricos clásicos, las herramientas tradicionales de electrofisiología (como el patch-clamp usado en neuronas) deben adaptarse para medir señales químicas y de calcio.
  2. Hiperbolización: Algunos medios han sugerido que la glía podría ser la sede de la conciencia o la memoria a largo plazo por sí sola. Si bien son esenciales para esos procesos, la evidencia actual indica que son moduladores de la función neuronal, no reemplazos de la computación neuronal.
  3. Oncología: Los gliomas (tumores de células gliales), especialmente el glioblastoma multiforme, siguen siendo uno de los cánceres más letales y difíciles de tratar. La capacidad de esas células gliales malignas para infiltrarse en el tejido sano sin formar bordes claros representa una reserva clínica mayor.

Un elenco de personajes: los tipos de glía y sus funciones

Para el público general, es útil imaginar el cerebro no como un circuito eléctrico aislado, sino como una ciudad vibrante. Si las neuronas son los ciudadanos que intercambian mensajes, la glía son la infraestructura: la policía, los servicios de limpieza, los proveedores de energía y los ingenieros de tráfico. Actualmente, clasificamos la glía en varias categorías con utilidades específicas:

  1. Los Astrocitos: Los directores de orquesta. Con su forma de estrella (de ahí su nombre), los astrocitos son las células gliales más abundantes. Durante mucho tiempo se pensó que solo daban soporte estructural y nutricional a las neuronas, lo cual es cierto, pero es solo una mínima parte de su labor. Un astrocito extiende miles de finísimos filamentos que contactan con las sinapsis (los puntos de comunicación entre neuronas) y con los vasos sanguíneos. De esa manera, regulan el flujo sanguíneo local, suministran energía a las neuronas y mantienen el delicado equilibrio químico del entorno, recogiendo el «sobrante» de neurotransmisores como el glutamato para que la señal neuronal sea precisa y no se descontrole. Pero su papel va mucho más allá. En el cerebro en desarrollo, los astrocitos secretan moléculas como las trombospondinas, que indican a las neuronas el momento y el lugar para formar sinapsis. En el cerebro adulto, son esenciales para la plasticidad sináptica, es decir, la capacidad de las conexiones neuronales de fortalecerse o debilitarse, la base física del aprendizaje y la memoria. Están, literalmente, coreografiando la sinfonía neuronal.
  2. Los Oligodendrocitos: Los maestros del aislamiento. Esas células son las responsables de producir la mielina, una sustancia grasa que envuelve los axones (los «cables» que conectan las neuronas) formando la vaina de mielina. Ese aislamiento es crucial para que los impulsos eléctricos viajen a gran velocidad y de manera eficiente a lo largo del sistema nervioso. Un solo oligodendrocito puede extender múltiples prolongaciones para mielinizar hasta 80 axones diferentes. Pero su función no es estática. Investigaciones recientes del laboratorio de Lu O. Sun en UT Southwestern, por ejemplo, han demostrado que la formación de mielina es un proceso plástico, regulado por la actividad neuronal. Las neuronas «hablan» con los oligodendrocitos para indicarles qué axones necesitan ser aislados, lo que sugiere que la mielinización es una parte activa del aprendizaje y puede verse afectada en enfermedades como la esclerosis múltiple o incluso en trastornos psiquiátricos.
  3. La Microglía: Las incansables jardineras y guardianas. Originadas no en el tejido nervioso embrionario, sino a partir de precursores del saco vitelino que colonizan el cerebro temprano en el desarrollo, la microglía son las células inmunitarias residentes del sistema nervioso central. Son células pequeñas, pero extraordinariamente activas. En un cerebro sano, sus finas ramificaciones están en constante movimiento, vigilando el entorno en busca de signos de daño o infección. Su labor es doble. Por un lado, actúan como equipo de limpieza: cuando una neurona muere o se daña, la microglía acude para fagocitarla (literalmente, «comérsela») y eliminar los restos. Por otro lado, durante el desarrollo y también en la edad adulta, son las jardineras del cerebro. Se ha descubierto que podan las sinapsis innecesarias o débiles, esculpiendo los circuitos neuronales para que las conexiones importantes sean más fuertes y eficientes. Este proceso, si se desregula, podría estar en la base de enfermedades como el Alzheimer o el autismo
  4. Las Células Precursoras de Oligodendrocitos (OPC): Los eternos aprendices. Durante años, se consideró que esas células, que representan entre un 3 y un 10 % de la población celular, eran simplemente una reserva para generar nuevos oligodendrocitos. Sin embargo, estudios recientes de imagen en vivo han revelado que las OPC son mucho más que una mera cantera. Son las únicas células gliales que reciben sinapsis directas de las neuronas, lo que significa que escuchan activamente la conversación neuronal. Aunque no generan potenciales de acción como las neuronas, responden a la actividad cambiando su comportamiento y su proliferación. Su función exacta en los circuitos maduros es todavía un misterio, pero todo apunta a que tienen un papel activo en la plasticidad y el funcionamiento de la red neuronal, un campo de estudio apasionante que está en plena ebullición.
  5. Las células ependimarias (ependimocitos): Las células ependimarias (epéndimocitos, tanicitos) revisten los ventrículos del encéfalo y del conducto ependimario de la médula espinal que contienen al líquido cefalorraquídeo (LCR). Los tanicitos son células de contacto entre el tercer ventrículo del cerebro y la eminencia media del hipotálamo. Pueden considerarse una variedad especializada de células ependimarias. Las células del epitelio coroideo producen el líquido cefalorraquídeo, a nivel de los plexos coroideos, en los ventrículos cerebrales.

Un nuevo paradigma: de la metáfora a la medicina

Comprender que la glía no es pasiva, sino un elemento dinámico y esencial, tiene profundas implicaciones. Por un lado, nos obliga a repensar cómo funciona el cerebro. Ya no podemos hablar de circuitos puramente neuronales; debemos hablar de circuitos neuronales-gliales. La información no solo fluye de neurona a neurona, sino que es constantemente modulada, refinada y sostenida por la glía.

Por otro lado, esa nueva visión abre puertas terapéuticas inexploradas. Durante décadas, la investigación de enfermedades neurológicas se centró casi exclusivamente en la neurona. Hoy se sabe que la disfunción de la glía es un componente crítico en una larga lista de patologías. En la esclerosis múltiple, los oligodendrocitos son el objetivo directo de la enfermedad. En el Alzheimer, la microglía no poda bien las sinapsis y contribuye a la inflamación crónica que daña las neuronas. En los tumores cerebrales como el glioblastoma, las células de la glía se vuelven cancerosas y son especialmente letales. Incluso en trastornos del desarrollo como la parálisis cerebral o el autismo, se están encontrando firmas de disfunción glial.

Lejos de ser el humilde pegamento que imaginó Virchow, la glía se revela como un universo celular fascinante y complejo. Son las arquitectas que construyen el andamio, las que deciden dónde y cómo se tienden los cables, las que gestionan el flujo de información, las que limpian y podan para mantener el jardín en un estado perfecto. Ignorarlas sería como intentar entender el funcionamiento de una bulliciosa ciudad estudiando únicamente las conversaciones de sus habitantes, sin prestar atención a sus calles, su suministro eléctrico, su servicio de limpieza o su policía. Conocer a la glía no es solo una cuestión de orgullo académico para corregir un error histórico; es la clave para desentrañar los últimos misterios del cerebro y, lo que es más importante, para encontrar nuevas y efectivas respuestas a algunas de las enfermedades más devastadoras que afectan a la humanidad.

¿Cuáles son las funciones y la utilidad de las glías?

  • Soporte metabólico y estructural: Mantienen la homeostasis del tejido nervioso.
  • Comunicación neuronal: Liberan neurotransmisores y moduladores.
  • Defensa inmunológica: Detectan y responden a daños o infecciones.
  • Plasticidad cerebral: Intervienen en la formación y eliminación de sinapsis, clave para el aprendizaje y la memoria.
  • Producción de mielina: Fundamental para la velocidad de transmisión nerviosa.

Algunos hitos en el conocimiento de la glía

 1856: Rudolf Virchow acuñó el término

  • Durante décadas se pensó que eran células pasivas, simples acompañantes de las neuronas.
  • Siglo XX: Investigaciones revelaron que las células gliales participan en la transmisión de información, regulación del flujo sanguíneo y reparación de lesiones.
  • Década de 1990 en adelante: Avances en microscopía y biología molecular confirmaron su papel activo en la formación de sinapsis y en enfermedades neurológicas como la esclerosis múltiple y el Alzheimer.

Algunos hechos y debates importantes

 Revisión conceptual (2021): Algunos investigadores proponen abandonar el término “glía” por considerarlo reductivo, sugiriendo “sinneuronas” para reflejar su papel activo en la comunicación cerebral.

  • Aplicaciones médicas: Terapias basadas en glía se exploran para reparar lesiones medulares y tratar enfermedades neurodegenerativas.
  • Anecdótico: El investigador español y Premio Nobel de Medicina y Fisiología, Santiago Ramón y Cajal, pionero de la neurociencia, reconoció la importancia de la glía, aunque la comunidad científica tardó décadas en darle protagonismo.

La glía ha pasado de ser el «polvo estelar» del cerebro a ser reconocida como la arquitecta de su funcionamiento. Desde el descubrimiento de Virchow en 1846 hasta las modernas técnicas de optogenética aplicadas a astrocitos en la década de 2020, nuestra comprensión ha evolucionado drásticamente.

Entender la glía no es solo una cuestión académica; es la clave para desbloquear tratamientos para el Alzheimer, el dolor crónico y la depresión. Como señaló Ben Barres, ignorar la glía fue como estudiar un circuito electrónico ignorando los componentes que regulan el voltaje y la refrigeración. El cerebro es, en última instancia, un órgano de colaboración entre neuronas y glía, y reconocer esta simbiosis es el siguiente paso en la frontera de la neurociencia.

Referencias

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