La Habana, Cuba. – Cuatro años atrás, un prócer llegó al cementerio patrimonial de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, para acompañar a otros que entregaron sus vidas por una Patria libre y soberana. 

Muy temprano en aquella mañana, en ceremonia íntima y solemne, el General de Ejército Raúl Castro depositó el cofre de cedro con las cenizas del líder de la Revolución Cubana en el interior de una imponente piedra de granito, extraída de la Sierra Maestra y luego cincelada, pulida.

En la tarja de mármol verde ante el nicho una sola inscripción: el nombre de FIDEL.

El sobrio monumento lo complementan detalles que resumen hitos de la última etapa de las luchas de un pueblo por la independencia y la emancipación definitivas.

Muy cerca, en enlace simbólico, los sepulcros de Céspedes, Martí, Mariana. A ellos se sumó Fidel hace cuatro años para renovar fuerzas y seguir librando nuevas batalllas. 

La Revolución, su único monumento

No habrá en Cuba estatuas, ni plazas o calles con el nombre de Fidel. Se respeta así la expresa voluntad de ese hombre virtuoso.

En verdad, el único monumento que podrá dedicársele es el de la propia Revolución inagotable, fecunda, renovada.

Hace cuatro años decenas de miles de cubanos despidieron a su líder. Lo escoltaron desde La Habana hasta Santiago, con dolor, pero serenos. Porque Fidel dejó en herencia una obra hecha con el corazón y también con el pensamiento lúcido para que jamás se erosionen ideales nobles y siga en pie el mismo ímpetu en su defensa.

Él -como advirtió Martí- enseñó a “caer sobre el enemigo, antes de que tenga sus ejércitos en fila y su batalla preparada”. 

Más que camposanto, Santa Ifigenia es un bastión de la dignidad humana frente a mezquinos e ingratos, fantoches y verdugos.