La Habana, Cuba. – El escenario se tiñe de elegancia y oscuridad, donde Yarini, figura enigmática de la decadencia y la seducción, emerge como un ícono errático en los albores del siglo XX.

Con distingo en sus modales y magnetismo Yarini no solo encarna la opulencia superficial, también delinea la complejidad de un período de transición de la república en efervescencia.

El relato de su trágico destino, marcado por la violencia de los bajos fondos y la rivalidad siniestra entre “apaches” y “guayabitos”, en sí mismo constituye un microcosmos de los tumultuosos inicios de una época que dilucidó el futuro de la nación insular.

En una inmersión teatral cuidadosamente esculpida por el dramaturgo Rolando Boet y llevada a las tablas por un excepcional elenco de estudiantes universitarios, devenidos en actores, la vida y muerte de Yarini destila los cimientos de una sociedad donde la elegancia coquetea con la decadencia y la apariencia esconde un trasfondo turbio de rivalidades peligrosamente mortales. La muerte selló su ruta y el de su antagonista, Letot.

Yarini iba por el “buen camino” de la política, amado por la infinitud de seres diversos que marcaban la vida entre los trabajadores del puerto, San Isidro, y tantos clubes, sociedades recibieran los influjos del Gallo, quien aspiraba a un cargo de senador y —de haber sobrevivido los 28 años— tal vez marcado los destinos de la nación garito.

Presumiblemente su muerte fue minuciosamente fabricada, víctima de las peripecias y exabruptos entre partidos políticos y una camorra criolla en germen.

La obra simboliza la fragilidad de la nación incipiente después de la ocupación norteamericana (1902), donde los contrastes de luz y sombra, nobleza y bajos instintos dibujan el retrato crudo y realista de una era de cambios profundos y ambigüedades morales, caldo de cultivo para influir en una concepción cultural de barrio, trascendente, capaz de atravesar el tiempo y radicalizarse en la consciencia social de “lo cubano” como marginalidad vaporosa y sus diversos velos en los modos de vida.

En apenas hora y veinte minutos, la experiencia teatral revela la esencia misma donde el relato de Yarini se convierte en un espejo de la complejidad social, necesaria de estudiar una y otra vez. La Casa Estudiantil Universitaria y el Teatro Universitario de La Habana —a sus 83 años de fundado— vuelven a vibrar con las escenas de Yarini.

Esta vez son invitados excepcionales a la puesta en escena los directores de extensión universitaria y vicerrectores de todas las universidades del país, quienes concilian por dos días en la Universidad de La Habana – UH ideas que trazarán las trayectorias en el futuro inmediato en el ámbito de la cultura y la formación de nuevos profesionales en las universidades cubanas.

Fotos: Javier López