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Carlos del Porto Blanco

En Flandes, en 1547, Teofrastus, me lo explicó todo. “Nos dieron la diversidad del mundo”, me dijo, “pero nosotros sólo queremos el oro. Tu encontraste un tesoro, una selva infinita, y sentiste infinita decepción, porque querías que esa selva de miles de apariencia, que solo en ella no fuera más que leñosos troncos de canela de Arabia. Anda, dile al designio que hizo brotar miríada de bestias que tú no quieres ver más tigres”. Así comienza la segunda novela  de la trilogía de guerras, viajes y amores del escritor colombiano William Ospina , El país de la canela, Hace unas semanas comenté en esta columna la primera de esas obras, Ursúa.

Algo en mi sangre me dice que lo que destruimos era más bello que lo que buscábamos. William Ospina. El país de la canela

El escritor colombiano William Ospina Buitrago, nació en Padua, Tolima, Colombia, el 2 de marzo de 1954. Estudió derecho y ciencias políticas en la Universidad Santiago de Cali, pero abandonó la carrera para dedicarse a la literatura. Entre sus influencias literarias e intelectuales más importantes se destacar al escritor argentino Jorge Luis Borges, al intelectual colombiano Mario Flores y al filósofo Estanislao Zuleta. Se le considera uno de los autores latinoamericanos más importantes de la generación posterior al Boom.

Se le reconoce una importante labor intelectual, y un buen manejo del lenguaje y una marcada sensibilidad poética. Además de una intensa labor en el campo de la poesía, el ensayo, la novela y la columna de opinión en distintos medios de comunicación. Ha ganado varios premios literarios, entre ellos: Premio Nacional de Ensayo 1982, Premio Nacional de Poesía 1992, Premio Casa de las Américas, Premio de Ensayo Ezequiel Martínez Estrada, 2003 y el Premio Rómulo Gallegos 2009.

El país de la canela, (2008), es una novela en la cual se narra la alucinante, tortuosa y demente expedición organizada por Gonzalo Pizarro con el fin de encontrar un país de extensos y valiosísimos bosques de canela. El grupo estaba conformado por doscientos españoles, cuatro mil indios, dos mil perros de presa, dos mil llamas y dos mil cerdos. Los europeos esperaban encontrar bosques de una sola especie como habían visto en sus tierras, ignorando que entraban a la selva más biodiversa del planeta. No se debe olvidar que entonces la canela, y las especias en general, tenían casi tanto valor como el oro. William Ospina comentó que se ciñó rigurosamente a la información histórica y que, como escritor, se permitió narrar los hechos a partir de los detalles, en especial, a partir de un personaje que transmite su propia experiencia en aquellas tierras.

Comparto con los lectores un párrafo que ilustra la expedición: “Tantos hombres de España, tantos indios, tantas llamas, tantos perros, tantos cerdos subiendo por esas pendientes de viento helado, yendo a rendir tributo a unos dioses desconocidos, tanta gente dispuesta a morir por un cuento, por un rumor, ahora me alarman, porque esa expedición solo a medias era la búsqueda de tesoro. Era sobre todo la prueba de una credulidad desmedida, una sonámbula procesión de creyentes yendo a buscar un bosque mágico, un ritual corroído por la codicia, espoleado por la impaciencia”.

El protagonista y narrador es Cristóbal de Aguilar, ficticio conquistador de segunda generación, hijo de una indígena y de uno de los más cercanos colaboradores de Francisco Pizarro, uno de los recordados Trece de la Isla del Gallo. Cristóbal participa en la numerosa, costosísima y trágica expedición, un accidentado viaje de 18 meses (entre finales de 1541 y agosto de 1542) en los que pasa hambre y todo tipo de penalidades. Es testigo de los peores abusos de los españoles. Explica por qué Gonzalo Pizarro tuvo que volver a Quito y por qué Francisco de Orellana, Fray Gaspar de Carvajal y unos pocos hombres tuvieron que recorrer, obligadamente, un río como no habían visto nunca. Esos hombres navegan por un gigante fluvial, el río Amazonas, con sus maravillas naturales y seres misteriosos, como las guerreras que dieron nombre al río.

Esa aventura representa uno de los más grandes, tortuosos y simbólicos descubrimientos de Europa en el Nuevo Mundo. Aspecto central en la novela. La historia no solo narra el viaje en barco (el San Pedro y el Victoria) por el río hasta la desembocadura y el recorrido por la costa del Océano Atlántico hasta llegar a la Isla Margarita, hoy Venezuela. También muestra de dónde parte la expedición: del ocaso del Imperio Inca, del final de sus grandes templos, de la ejecución del Sapa Inca Atahualpa, del fin de sus dioses y ciudades. Así mismo, el narrador indica el efecto que el descubrimiento de la selva más grande del mundo tuvo en Europa. Y, ofrece un vistazo al “espíritu” del Viejo Mundo en el siglo XVI, el siglo de Carlos V, la Reforma Protestante, el Saco de Roma, las numerosas y muy intensas guerras europeas y personajes interesantes como Pietro Bembo y Teofrastus Paracelso.

Otro párrafo que ilustra lo que sígnico esa “odisea” es el siguiente: “Nunca se había visto un barco como aquel en los altos pasos de la montaña y en los ríos encajonados de la cordillera. Sé que las selvas lo miraron con admiración y con envidia desde sus miles de ojos, y fue tanto el asombro de los indios, que fueron ellos quienes llamaron El Barco, en castellano, al sitio donde el bergantín fue construido. Presiento que así se llamará para siempre”.

La violencia de los hermanos Pizarro y las armas conquistadoras se retratan en la novela y enseña muchas cosas; entre las que destacan las siguientes: en el siglo XV y XVI las guerras europeas fueron cruentas, sangrientas, nacionalistas, fratricidas, religiosas y étnicas. Con ese antecedente, con esa cultura, la conquista en las américas reproduciría todo aquello. No se trata de reteñir la leyenda negra de España, sino de entender que “la lógica de la conquista y la guerra” era el motor sobre el que los reinos europeos funcionaban. Y en esa línea, el Nuevo Mundo era un lugar con riquezas, pero distante, algo en realidad no tan importante. La historia de las guerras europeas muestra que esa “cultura”, ese “motor”, perduraría hasta el siglo XX y tal vez sigue vivo hoy. El narrador concluye que:

“El país de la canela” es una novela histórica que debe leerse, además de como mero entretenimiento, para conocer y comprender mejor de donde viene Nuestra América. Este párrafo del libro ilustra lo que planteó: “En el espejo roto de las guerras del emperador comprobé que las potestades europeas no tienen tiempo para los conflictos de las Indias, y ni siquiera para inquietarse por sus crímenes. Es tan urgente, tan imperioso, tan salvaje todo lo que se vive en el mundo viejo, tan brutal la secuencia de sus batallas, hay allí tantos secuestros, tantas extorsiones, tantas intrigas, que no hay cómo pensar en cosas más distantes, de modo que las Indias no son más que un lejano y primitivo surtidor de riquezas, al que se destinan lo peores barcos y que se ha dejado en las peores manos, para que la gente verdadera pueda vivir sus odios y sus dogmas”.

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