Carlos del Porto Blanco
Se viven tiempos turbulentos a nivel internacional. Uno de los elementos para enfrentarlos es estudiar la forma en que pensaron y actuaron diferentes personalidades a lo largo de la historia. Hoy traigo a la columna un libro que trata sobre un hombre que marcó la historia francesa entre finales del siglo XVIII y principios del XIX. Fouché, el libro del escritor austriaco Stefan Zweig.
Este hombre de pálido rostro, crecido bajo una disciplina monacal, conocedor de todos los secretos del partido de los montañeses, al que perteneció en un principio, y lo mismo de los realistas, a los que terminó por pasarse, este hombre había estudiado lenta y silenciosamente a los hombres, las cosas y las prácticas del escenario político; penetró los secretos de Napoleón, le dio útiles consejos y valiosas informaciones; […] ni sus nuevos colegas ni los antiguos intuyeron en ese momento el alcance de su genio, que era esencialmente el genio del gobierno: acertado en todas sus profecías y de increíble agudeza. Honorato de Balzac.
El escritor, biógrafo y activista social austro-británico Stefan Zweig, nació en Viena, Imperio Austrohúngaro, hoy Austria el 28 de noviembre de 1881 y se suicidó, con su esposa, en Petrópolis, Brasil, el 22 de febrero de 1942. En la primera mitad del siglo XX, Zweig alcanzó distinción en varios géneros (poesía, ensayo, cuento y obras de teatro), más notablemente en sus interpretaciones de personajes imaginarios e históricos. En el apogeo de su carrera literaria, en las décadas de 1920 y 1930, fue uno de los escritores más traducidos y populares del mundo.
Zweig trabajó durante más de veinte años en su Momentos estelares de la humanidad, que retrata los 14 acontecimientos de la historia mundial más importantes desde su punto de vista. Concedía particular importancia al ritmo del relato; en sus propias palabras:
“…el inesperado éxito de mis libros proviene, según creo, en última instancia de un vicio personal, a saber: que soy un lector impaciente y de mucho temperamento. Me irrita toda facundia, todo lo difuso y vagamente exaltado, lo ambiguo, lo innecesariamente morboso de una novela, de una biografía, de una exposición intelectual. Sólo un libro que se mantiene siempre, página tras página, sobre su nivel y que arrastra al lector hasta la última línea sin dejarle tomar aliento me proporciona un perfecto deleite. Nueve de cada diez libros que caen en mis manos los encuentro sobrecargados de descripciones superfluas, diálogos extensos y figuras secundarias inútiles que les quitan tensión y les restan dinamismo.”
Si bien fue uno de los más conocidos y reputados escritores entre 1930 y 1940, desde su muerte y a pesar de la importancia de su obra, ha ido siendo, pero, olvidado. Existen importantes colecciones de Zweig en la Biblioteca Británica y en la Universidad Estatal de New York en Fredonia. La primera es el resultado de una donación de sus apoderados en mayo de 1986 e incluye una gran variedad de elementos de sorprendente rareza, entre ellos el catálogo de las obras mozartianas de propio puño y letra del compositor (Verzeichnis).
En algún momento, sus trabajos fueron publicados en los países anglosajones bajo el seudónimo de «Stephen Branch» (traducción literal de su apellido), en tiempos donde el sentimiento antigermánico estaba en su apogeo.
Cabe destacar su especial aportación al estudio de Dostoievski, al que admiraba profundamente por considerarlo uno de los más grandes escritores de la historia.
Conozcamos algo sobre el personaje que Zweig escogió para este volumen:
El político francés Joseph Fouché, nació en Le Pellerin, cerca de Nantes, Francia; el 31 de mayo de 1759 y murió en Trieste, en esa época, parte de Austria, actualmente en Italia, el 6 de diciembre de 1820. Ejerció su poder durante la Revolución francesa, el Imperio napoleónico y la Restauración borbónica en Francia.
Fue una personalidad muy poderosa y de gran influencia en Francia durante la tormentosa era política que vivió, siendo el fundador del espionaje moderno y el responsable de la consolidación del Ministerio de Policía de Francia, posteriormente denominado Ministerio de Interior, como una de las instituciones más avanzadas de la nación. Fue, junto con Charles Maurice de Talleyrand, la figura política más influyente de su época en Francia.
Sobre el libro se puede decir que Zweig plasmó, con todo su talento narrativo, la vida de un personaje oscuro y enigmático que fue protagonista en una de las épocas más convulsas y fascinantes de la Francia del siglo XVIII. Fouché fue un hombre político cuyos pilares eran la ambición y la intriga. Se sirvió de ambos para navegar en las convulsiones sociales y políticas durante la Revolución Francesa. Como recuerda el propio Zweig: “Los gobiernos, las formas de Estado, las opiniones, los hombres cambian, todo se precipita y desaparece en ese furioso torbellino del cambio de siglo, sólo uno se queda siempre en el mismo sitio, al servicio de todos y de todas las ideas: Joseph Fouché”.
Este hombre quizás sea el personaje secundario más importante de la Historia moderna: Joseph Fouché, el homo politicus por excelencia, maquiavélico y correoso, un ser tan despreciable como imprescindible para personajes protagonistas tan relevantes como Robespierre, Napoleón o Luis XVIII. Tras un meticuloso estudio de testimonios y memorias, Zweig publicó Fouché en 1929.
La ambición y la intriga son las únicas pasiones de ese hombre político, carente de escrúpulos y moral, que navega a través de las convulsiones sociales y políticas de la Francia revolucionaria y del imperio sin mudar el gesto. Y es que desde sus inicios como religioso ya dio señales de su carácter camaleónico, “ya en el primer escalón de su carrera, el más bajo, se pone de manifiesto un rasgo característico de su personalidad: su aversión a vincularse plenamente, irrevocablemente, a alguien o a algo (…) Como siempre, en cualquier situación, se deja abierta la retirada, la posibilidad de transformación y el cambio”. Y ese olfato para el poder es el que le hizo virar su rumbo hacia la política [así lo describe Zweig en la primera parte de una cita], “El viento de la política ha penetrado hasta los refectorios, y el astuto venteador Joseph Fouché hincha con él sus velas (…) El olfateador del viento ha percibido que sobre el país pende una tempestad social, que la Política domina el mundo; ¡así que a la Política!”.
Sus ascensos y descensos en el campo político tienen un hito importante que es su nombramiento como ministro de la Policía [precursor del Ministerio del Interior] al final del Directorio (1799), cargo que mantuvo con Napoleón de manera intermitente entre 1799 y 1815. En ese cargo se convierte en un político temido, su red de espionaje era tan sibilina como despiadada, “la máquina de 1792, la guillotina, inventada para abatir toda la resistencia contra el Estado, es una tosca herramienta comparada con la refinada maquinaria policial de Joseph Fouché de 1799, combinada con su superioridad intelectual (…) al cabo de muy poco tiempo el ruido de los patriotas privilegiados ha dado lugar a un silencio en el que solo se oye masticar”.
El poder llama al poder y salir de esos círculos de influencias, secretos, coacciones, ganancias millonarias, es difícil y renunciar es imposible. Esa fue la perdición del protagonista de este libro, “el punto débil de Fouché; su ambición reúne todas las astucias, menos una: saber renunciar a tiempo”. Fouché supo ser el pimentón de todas las salsas: fue el más comunista en la Revolución, el más imperialista y burgués con Napoleón y el más monárquico con Luis XVIII. Sus contradicciones quedaban arrinconadas con la vehemencia de sus intervenciones públicas y de sus nuevos compromisos. No pudieron utilizar contra él ninguno de los pelos que se dejó en la gatera hasta el final de su carrera.
Se arruinó varias veces y cada vez que volvía lo hacía para superar sus riquezas anteriores a sus ruinas. Fue seminarista, profesor, girondino, jacobino, comunista represivo en Lyon, conspirador contra Robespierre, preso y amnistiado, cómplice de Napoleón, espía, censor, cónsul, primero conde y después duque, rival de Talleyrand y en ocasiones amigo íntimo de Talleyrand, intrigante contra Napoleón, conspirador con Luis XVIII, ministro con todos, embajador, diplomático y exiliado. Lo fue todo y todos lo quisieron y lo odiaron. Tuvo enemigos muy poderosos y amigos igual de poderosos. Sus amigos y sus enemigos fueron las mismas personas en momentos distintos. Napoleón lo definió bien diciendo de él que era “un mal necesario” y Zweig cierra su biografía calificándolo como “el más extraño de los políticos”.
Conocer el actuar de hombres como este puede brindar algunas luces para tratar de entender los tiempos convulsos que se viven hoy y a sus protagonistas.
El libro puede ser descargado en: https://www.itsup.edu.ec/library/index.php?page=13&id=27989&db=0