El polímata renacentista, activo como matemático y astrónomo polaco Nicolás Copérnico, nació en Thorn, Prusia Real, Reino de Polonia, hoy Polonia, el 19 de febrero de 1473. Formuló la teoría heliocéntrica del sistema solar, concebida en primera instancia por Aristarco de Samos, un antiguo astrónomo griego que formuló tal modelo unos dieciocho siglos antes.
Tras casi cerca de veinticinco años de trabajo y desarrollo, la publicación en 1543 de su libro “Sobre las revoluciones de las orbes celestes” —donde expuso su modelo poco antes de su muerte—, fue uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la ciencia, desencadenando la revolución copernicana y realizando una contribución pionera a la revolución científica en la época del Renacimiento.
Políglota y polímata, obtuvo un doctorado en derecho canónico y fue matemático, astrónomo, médico, erudito clásico, traductor, gobernador, diplomático y economista. Desde 1497 fue canónigo del cabildo catedralicio de la arquidiócesis de Varmia. En 1517 derivó una teoría cuantitativa del dinero, un concepto clave en economía, y en 1519 formuló un principio económico que más tarde se llamó Ley de Gresham.
Debido a su enorme contribución a la astronomía, en 1935 se dio el nombre “Copernicus” a uno de los mayores cráteres lunares, ubicado en el Mare Insularum. Sus libros serían incluidos en el Index librorum prohibitorum, muchos años después de su muerte, con el caso Galileo.
Copérnico está considerado como el precursor de la astronomía moderna, aportando las bases que permitieron a Newton culminar la revolución astronómica, al pasar de un universo geocéntrico a un cosmos heliocéntrico y cambiando irreversiblemente la mirada del cosmos que había prevalecido hasta entonces.
Así, lo que se conoce como revolución copernicana es su formulación de la teoría heliocéntrica, según la cual, la Tierra y los otros astros giran alrededor del Sol. A pesar de lo meritorio de su hallazgo, Copérnico no se percató de todas las consecuencias que dicho sistema necesariamente implicaba. Sería Giordano Bruno, un filósofo, quien más tarde completaría la revolución teórica que llevaba aparejada esa hipótesis: más allá del ámbito matemático y cuantitativo, desde un punto de vista lógico se llegaría a desechar las tradicionales nociones aristotélicas y escolásticas acerca de la finitud y unicidad de un universo ordenado según esferas concéntricas.
La importancia de la obra de Copérnico es ser una obra revolucionaria, precursora de grandes cambios científicos. Dicho carácter revolucionario no radica solo en sus escritos, sino en poner en marcha unos caminos que romperán las barreras del pensamiento. No se debe olvidar que la obra de Copérnico sigue ligada al Mundo Antiguo, ya que ciertas premisas platónicas siguen vigentes en su pensamiento, como los dos grandes principios de uniformidad y circularidad. Sin embargo, con su obra se afianza otra gran idea propia de la modernidad: la naturaleza va perdiendo su carácter teológico, la Tierra ya no es el centro del universo, sino que Copérnico la desplaza a una posición móvil, como la de cualquier otro planeta.
A partir de Copérnico se desencadena la idea de que el hombre ahora está gobernado por su Razón, que será la facultad del ser humano que hace que tome parte en el ordenamiento del Universo. Así el hombre pasa a ser un ser autónomo que basa dicha autonomía en su capacidad de raciocinio. La razón humana puede ahora apoderarse de la Naturaleza: dominarla y controlarla. Así, el hombre deja de ser el centro físico del Universo para convertirse en el centro racional del Universo. A partir de ahora nos enfrentamos al mundo, no contemplándolo, sino construyendo hipótesis a través de las capacidades del hombre, que contrastadas con la naturaleza se podrán dar por válidas o no.
La difusión de la teoría copernicana se lleva a cabo sobre un fondo político e histórico, en el que es de importancia fundamental el problema religioso existente desde 1517 con la irrupción en escena del luteranismo. En 1545 se inició el Concilio de Trento, que después de tres sesiones, con su final en 1563, deja establecida la reforma radical de la Iglesia e impone un programa de recuperación y defensa del dogma frente al mundo reformista. Pío V y Gregorio XIII, entre 1566 y 1585, culminarán el proceso de recuperación de la Iglesia católica en la segunda mitad del siglo XVI, solventado los problemas de disensión interna y de jerarquía.
Difunden la enseñanza eclesiástica y recuperan importancia e influencia en los países en los que la creencia protestante se había hecho fuerte. Pero los sucesos acaecidos en los cielos a finales del siglo XVI y las observaciones que Copérnico hizo de esos, minaron ciertamente la autoridad y credibilidad de la filosofía que sustentaba la astronomía ptolemaica. La Iglesia protestante paulatinamente se rinde ante la situación y su oposición al heliocentrismo desaparece. Se da un vuelco en la situación. A partir del final de siglo será la Iglesia católica la que, utilizando su poder organizado en la Inquisición, convertirá al heliocentrismo en el enemigo más inmediato.
La obra de Copérnico y los cambios que propone se proyectan sobre el estado anterior de la astronomía y sobre el entramado científico y filosófico que con él se asociaban. En el texto que ahora comentamos, el autor hace un breve repaso por todas aquellas partes de la astronomía anterior a él que quedan obsoletas a partir de sus descubrimientos: la inseguridad sobre los movimientos del Sol y la Luna (ya que sus movimientos anuales no se podían establecer con seguridad), la explicación del movimiento de los planetas tampoco resultaba aceptable, ya que no se utilizaban los mismos supuestos para todos (puesto que en unos casos se emplean círculos homocéntricos, en otros excéntricos, epiciclos, etc.), y sobre todo, que el Universo era tomado como un sistema por partes que carece de unidad.
De esa manera, al final del texto, el autor reflexiona y explica que la astronomía que le precedía era confusa en el sentido de que no se seguían principios seguros, sino que en unos casos se usaban unas explicaciones, en otros otras, y que por lo tanto se llega a un “método” incompleto (puesto que, si las hipótesis que se plantearon fueran ciertas, ciertamente podrían demostrarse con facilidad).
Las ideas principales de la obra de Copérnico, que se oponen a las anteriores a él, son, entre otras, su idea de preservar la unidad de movimientos y crear un sistema de círculos más racional. El helioestatismo y el heliocentrismo no son las premisas, sino la conclusión. Además, elimina los ecuantes de la astronomía porque no parecen respetar los principios básicos de Platón. Cambia también de hipótesis y toma la de que el Sol permanece quieto y la Tierra se mueve (con una serie de movimientos distintos: el movimiento de rotación, el de traslación y el de declinación que sirve para explicar los equinoccios). Para eso, Copérnico plantea sus hipótesis: que no existe un centro único de todas las esferas celestes y que además el centro de la Tierra no es el centro del Universo (sino el centro lunar y el centro de gravedad).
Nicolás Copérnico, murió en Frauenburg, Prusia Real, Reino de Polonia, hoy Polonia, el 24 de mayo de 1543.
Referencias
- Nicolaus Copernicus. Enciclopedia Británica. https://www.britannica.com/biography/Nicolaus-Copernicus
- Nicolás Copérnico. Wikipedia. https://es.wikipedia.org/wiki/Nicol%C3%A1s_Cop%C3%A9rnico