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Carlos del Porto Blanco

“Si algo lo irritaba sobremanera, si algo lo predisponía a la violencia y el homicidio, era que se intentara hacerle creer cosas. ¡Ah! Su entorno se teñía entonces de rojo, rojo fuego, rojo hierro, llamaradas vibrantes y Moisés en el centro, enloquecido con cuernos y cola, una sierpe, un basilisco, un dragón, el diablo en el infierno. Tremendo espectáculo. Uno llegaba a temer que se muriera, así de pronto, por combustión espontánea”. De esa forma comienza la novela que escogí para la columna de esta semana. Se trata de la tercera novela de la escritora cubana Ena Lucía Portela, Cien botellas en una pared.

El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho. Miguel de Cervantes.

Ena Lucía Portela, nació en La Habana, en el 1972. Licenciada en Lengua y Literaturas Clásicas por la Universidad de La Habana. En 1998 ganó el premio de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, Uneac, por su novela “El pájaro: pincel y tinta china”. Ese mismo año recibió el máximo galardón del premio de Cuento de Radio Francia Internacional «Juan Rulfo». Ha publicado, además, el libro de cuentos “Una extraña entre las piedras” y la novela “La sombra del caminante”. Sus libros gozan de reconocimiento nacional e internacional y han sido publicados en más de una veintena de países, muchos de sus textos han aparecido en numerosas antologías, tanto en Cuba como en el extranjero.

En 2002 la novela que hoy reseñó, mereció el Premio Jaén, otorgado por la Fundación Española Caja de Granada. En el año 2007 fue seleccionada en la Feria del Libro de Bogotá como uno de los 39 escritores menores de 39 años más importantes de América Latina.

La obra está redactada de una forma muy cercana al habla de la calle. Uno de sus valores principales es un humor desbordante, que provoca que uno de pronto estalle en una carcajada. La autora mezcla ese lenguaje popular con uno barroco y florido donde abundan los adjetivos para caracterizar un objeto o situación. La novela aborda un doble un doble homicidio ocurrido en La Habana de los años 90.

Zeta, la narradora y protagonista, quien sobrevive por medios ilícitos, hace un recuento de su relación con Moisés, antiguo magistrado del Tribunal Supremo, cuya historia está vinculada «al ocaso de un mundo y la caída de los dioses,» es decir, al colapso de la utopía. Con Zeta y su amiga Linda, escritora de thrillers, nos adentramos en un ámbito marginal, que se suaviza por el tono de chanza en que se abordan los hechos.

El título del texto es el estribillo desconocido entre nosotros (“hay cien botellas en una pared, si se cae una, quedan noventa y nueve, si se caen dos, quedan noventa y ocho, y así…hasta llegar a cero”). Se mezclan el lenguaje, el sexo, las apariencias y el tiempo. Del primero, cabe destacar la mezcla entre expresiones puramente vulgares, callejeras y hasta soeces, con el refinamiento de citas clásicas que Ena Lucía traduce en un gesto de amabilidad hacia los lectores, Una muestra de eso se ilustra con este pequeño fragmento en que Zeta describe a la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana: “una Facultad muy artística y letrada, sí, pero repleta de mujeres. El espanto. Alrededor de veinte mujeres por cada hombre. Y este hombre, para colmo, solía ser un maricón de carroza. Nada que hacer. Allí no hubiera pescado marido ni el mismísimo rey pescador” (página .113).

Imagino el gran problema que tienen los traductores para llevar esta novela a otros idiomas, el uso constante, pero acertados de una palabrería muy criolla, términos como blablablá, runrún, terepe, pelandruja, afocante, despetroncan, loquibambio, rebambaramba, salpafuera, patatús, paso e conga y sin tumbadora, y de pronto, el salto a un lenguaje carpenteriano, con citas como oculoshabent et non vident, homo homini lupus, dura lex, sed lex.

El centro de la novela es el solar conocido como “La Esquina del Martillo Alegre”, muy cerca de otra ciudadela, “Los Muchos”; allí conviven un chivo, un cerdo y un perro, que a veces se roba el protagonismo de la narración (Megaterio), súmese a eso una fauna humana muy variopinta, vive un megaterio. La obra abre un abanico amplio sobre la sexualidad humana. La protagonista quizás considera esa actividad física como su “Deporte Nacional”. Zeta aguanta incontables crueldades, incluidas palizas espantosas, en aras de mantener sus vínculos carnales con el abominable Moisés (“el tipo que más me ha gustado en la vida, el mejor amante, el filósofo, el salvaje, el misterioso, el diabólico, el más loco entre los locos”, página 125), mientras que su mejor amiga, llamada Linda, lesbiana militante, participa en orgías de todo tipo con drogas, alcohol y tabaco incluidos, de manera que se describen conquistas amorosas, traiciones, sexo duro en vivo, en directo, con sordidez y sin ella.

Una perla del feminismo que desborda la obra es: “partidaria del boxeo femenino, ella deplora la indigencia mental de ciertos funcionarios obtusos y mequetrefes que se obstinan en prohibirlo porque la mujer es una flor, o sea, por puro machismo. Flor ni flor. Qué abominación” (página 30).

Recalco que el humor en esta novela es destacable. ¿Humor?, preguntarán algunos, ¿humor en medio de vidas al margen de todo, de drogas, de violencia, de niñas abandonadas y de sabrá Dios cuántas desgracias más? Pues sí, humor y de varios tipos; quizá con mayor énfasis en el negro, pero humor al fin. Hay un pasaje particularmente grotesco donde se confirma lo que menciono: “[…] el asesino psicópata que amarró a la víctima a una silla, la amordazó y se entretuvo un buen rato en bailotear a su alrededor mientras cantaba los marcianos llegaron ya…y llegaron bailando ricachá” (página 175).

Cien botellas en una pared es una novela que ilustra la imagen de una época difícil para Cuba, a través de la mirada de una joven escritora cubana. Para algunos quizás el tema “asuste”, pero le aseguro que se disfruta la lectura del texto.