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Amalia e Ignacio, el amor en sus vidas

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Poemas y libros en todos los géneros han exaltado la figura insigne del Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz y de su bella esposa, Amalia Simoni Argilagos.

Nacidos ambos en el otrora Puerto Príncipe, Camagüey, les unió el ardor rebelde a la causa independentista y un amor más allá de toda barrera.

Fueron pocos los meses de pasión intensa entre Amalia e Ignacio, quienes iniciaron relaciones amorosas en el verano de 1866, cuando el joven abogado permanecía de vacaciones en su ciudad natal.

La vida cultural en la jurisdicción de Puerto Príncipe era muy intensa y animada en el siglo XIX, lo que permitió el realce de personalidades e instituciones, como La Filarmónica y La Popular, y de tradiciones como las fiestas de San Juan y San Pedro y la Feria de La Caridad, muy populares entonces.

Matrimonio feliz

Amalia Simoni e Ignacio Agramonte se casaron en la iglesia de Nuestra Señora de la Soledad, el primer día de agosto de 1868.

La mayor de las hijas del matrimonio Simoni y Manuela Argilagos mantuvo, como su familia, un exaltado patriotismo. Puede decirse que la pareja de enamorados pasó la luna de miel en la manigua, pues Ignacio se incorporó a la guerra el 11 de noviembre de ese mismo año.

Un mes después la familia Simoni abandonó su residencia y se trasladó a la finca La Matilde, convertida por los recién casados en un lugar de amor y donde nació el primogénito Ernesto, al cual su padre nombraría cariñosamente Mambisito.

Poco después, Agramonte, que para entonces era un respetado jefe, marchó a la serranía de Cubitas. Pronto vendría la separación definitiva: “La esposa de un soldado tiene que ser valiente”, le dijo su amado, a modo de despedida.

Epistolario amoroso

Durante la etapa de noviazgo, cuando el joven Ignacio Agramonte estudiaba o trabajaba  en La Habana y su amada Amalia permanecía en Puerto Príncipe, el intercambio epistolar fue intenso.

En el período de la guerra esas cartas alcanzan una trascendencia que perdura por su desbordado amor y patriotismo. “Amalia de mi vida, eres mi única delicia, a nadie amo tanto como a ti. Jamás lo dudes.

Me siento tan dichoso amándote y siendo el objeto de tu amor”. Fragmentos como este muestran la apasionada devoción del Mayor hacia la mujer que fue su razón de ser. No fueron menos intensas las misivas de su esposa, quien tuvo que emigrar a Nueva York, donde nació su hija Herminia y conoció de la muerte de Agramonte en Jimaguayú.

Amalia falleció en La Habana, el 23 de enero de 1918. Sus restos reposan en la ciudad que la vio nacer.

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