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El poeta de la bandera cubana

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Nacido en Matanzas, el tres de marzo de 1861, Bonifacio Byrne, de cuya fama es responsable el poema Mi bandera, escribió un soneto en el que se confiesa un escritor humilde y apasionado.

El soneto, que lleva por título Los Maceo, termina así: “Para narrar sus épicas hazañas, hay que escribir exámetros de acero, interrogando al mar y a las montañas. Y para ese milagro es lo primero, descender de la tumba a las entrañas, y a Dios pedir que resucite Homero.”

Bonifacio Byrne fue muy respetado por Julián del Casal, quien llegó a considerarlo el primero de los poetas de su generación.

Romántico en sus inicios, como era casi una obligación del momento, Byrne derivó hacia un coloquialismo apasionado, de lo que dan fe sus últimos poemas.

Los versos de un patriota

Con el poemario titulado Excéntricas, Bonifacio Byrne se anunció como una de las nuevas voces de la poesía cubana, a fines del siglo XIX.

El libro, aparecido exactamente en 1893, era un anuncio de la voluntad renovadora de Byrne, y de su inclinación al modernismo.

Años después, en 1897, publicó en el exilio otro cuaderno titulado Efigies, cuyos honorarios entregó a la causa independentista cubana.

En el espíritu del poeta se impondría en lo adelante una inclinación hacia la poesía de tema patriótico, más épica y menos lírica, según lo que consideraba un deber en las circunstancias en que se desarrolló su vida.

Efigies es en propiedad una colección de sonetos, en la cual, además del dedicado a los Maceo, hay otro para Máximo Gómez.

Mi bandera

Dice la historia que, al regreso del exilio, en los albores del siglo 20, Bonifacio Byrne divisó desde el barco a la bandera cubana acompañada por otra, y su indignación se fermentó en un poema inmortal.

Tanta ha sido la merecida trascendencia de Mi bandera, que su autor le debe hoy la totalidad de su fama, si bien el hecho no le resta mérito.

Poeta de elevado sentido patriótico, Byrne no podía esperar algo mejor de su poesía que verla incorporada a las más genuinas tradiciones de su isla.

La inmortalidad, que tiene sus misterios, hizo que sus libros posteriores fuesen menos conocidos, pero ello no podía ya nada en contra de su reconocimiento: había dotado a Cuba de un perdurable alegato a favor de la identidad y la nación. Bonifacio Byrne murió en Matanzas el cinco de julio de 1935.

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