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Por Oscar Ferrer

En la edición del 2014 del Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia que rige nuestro idioma, aparecen los dos significados de una palabra hasta entonces no reconocida por la institución, y que últimamente la prensa emplea con frecuencia que va en aumento.

Se trata del vocablo resiliencia, cuya acepción se presenta hoy, primero, como “Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos”, y, segundo, como “Capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido”.

En pocas palabras, podría decirse que la resiliencia es la potencialidad de sobreponerse a un estímulo negativo. Pero el término que nos ocupa ha experimentado importantes cambios desde la década de los 60 del pasado siglo, cuando se adaptó al uso en sicología y otras ciencias sociales.

Vocablo peculiar

La palabra resiliencia se ha usado en Sicología para las personas que, a pesar de sufrir situaciones estresantes, no son afectadas sicológicamente por ellas, mientras que desde la Neurociencia se considera que los humanos más resilientes tienen mayor equilibrio emocional frente al estrés.

Hay sicólogos que definen la resiliencia como una adaptación positiva pese a la adversidad, y siquiatras que toman la palabra de la resistencia de los materiales que se doblan sin romperse para recuperar su forma original.

Podría decirse que el vocablo identifica la entereza más allá de la acción de resistir, así como la posibilidad de sobreponerse a un estímulo adverso.

Actualmente, la palabra resiliencia se emplea con frecuencia, por ejemplo, para referirse a la capacidad de países y personas que enfrentan catástrofes como huracanes y terremotos, o al modo con que el Caribe debe afrontar el cambio climático.