Por Oscar Ferrer
Si alguien nos ofrece algo para las calendas griegas, debemos tener la convicción de que la oferta no será cumplida nunca. Otras expresiones, tan utilizadas como la anterior, dan a entender, irónicamente, el mismo resultado.
Entre estas podemos citar, en buen castellano, cuando la rana críe pelos o cuando las vacas vuelen. En el antiguo cómputo romano del tiempo, y en el eclesiástico, la calenda era el primer día de cada mes.
Hubo primeramente muchas dudas entre los romanos para establecer el calendario. Al principio, este, creado durante el reinado de Rómulo, fundador de Roma, tuvo 10 meses, de marzo a diciembre, o 304 días.
Luego, bajo el mandato del rey Numa Pompilio, se añadieron enero y febrero, y para hacer concordar el año con la marcha del sol, fueron intercalados cada cuatro años dos meses, uno de 22 días y otro de 23.
Las calendas griegas
Si bien en el antiguo cómputo romano del tiempo, y en el eclesiástico, la calenda era el primer día de cada mes, en el calendario griego esta no existía.
Los helénicos utilizaron diversos calendarios durante la era clásica griega, entre los cuales el Ático fue el más conocido. Para ellos el año comenzaba en el equinoccio de otoño y tenía 12 meses de 30 días, que dividían en tres décadas y cuyos nombres variaban según los territorios.
Además, intercalaban un mes cada dos o tres años. Solón, uno de los siete Sabios de Grecia, impulsó una reforma del calendario que establecía un año de 354 días, añadiendo un decimotercer mes de 30 días, tres veces en un período de ocho años.
En resumen, las calendas griegas, expresión irónica que denota el tiempo que nunca llegará, se basa en eso, en que los helénicos no tenían calendas.