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Por Marilys Suárez Moreno

El 11 de marzo de 1876, nacía en los campos espirituanos de La Reforma, el cuarto de los hijos de Máximo Gómez y Bernarda Toro.

Lo llamaron Francisco, y pronto despuntó como un joven valiente y serio, al que le gustaba montar a caballo e intercambiar correspondencia, como su padre.

Reverenciaba a la mujer y ansiaba darse a la lucha, pero saltó a la historia por méritos propios, pues vivía convencido de que éstos no pueden heredarse, sino ganarse. Y se los ganó.

Un día de 1894, Panchito llegó a Nueva York en compañía de su padre, quien iba a entrevistarse con Martí y conocer por éste sobre la marcha de la guerra. De vuelta a Santo Domingo, Gómez dejó a Panchito como secretario de Martí.

Orgullo de obrar bien

Juntos, Panchito Gómez Toro y José Martí realizarían una importante labor entre los emigrados cubanos en varias ciudades norteamericanas, Jamaica y Costa Rica.

Al informarle al padre sobre cómo le iba a su hijo, Martí escribió: “Pancho, entre el trabajo ligero y el campo feliz, va sin más pena que no estar con ustedes; y la endulza hablando de ustedes incesantemente”. Y añadió: “Todos lo celebran y envidian tal hijo. Él sobresale por su discreción y su ternura.

Su orgullo es obrar bien y pronto”. Y, en otra misiva, expresó: “Ya él conoce la llave de la vida, que es el deber”. Vital fue la influencia de Martí sobre el pensar de su secretario personal, quien llevaba al hilo los gastos de los viajes realizados en el periplo estadounidense y centroamericano.

Entre Martí y Panchito nació una bella e indisoluble unión.

Junto a Maceo

El niño nacido en plena manigua y a quien recordamos en su natalicio 155, marchó con su familia al exilio y tras un peregrinaje de 10 años se estableció con sus padres en Montecristi, tierra natal del Generalísimo.

Era un bebé cuando Maceo lo cargó y desde ese momento, éste fue como su segundo padre. Al escribir sobre el mayor de sus hijos, Máximo Gómez recordaría sus cartas: “Hasta que yo no haya dado la cara a la pólvora y a la muerte, no me creeré hombre…» Y añadía: «El mérito no puede heredarse, hay que ganarlo”.

Panchito estuvo con Antonio Maceo en Ceja del Negro, cruzó la Trocha, y cuando supo que el Titán de Bronce había caído en San Pedro, montó su caballo y dijo a los que le pidieron que cuidara su salud resentida: “Voy a morir junto al General”.

Hoy reposan juntos en el Cacahual.